Productoras cancelan conciertos y no devuelven el dinero

Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra

En el Perú, ir a un concierto se ha convertido en un acto de fe. No solo porque soñamos con ver a nuestros artistas favoritos, sino porque necesitamos creer que, esta vez, el evento sí ocurrirá y que nuestro dinero no se evaporará como luces de escenario cuando baja el telón.

Según El Comercio, más de 49 mil personas están atrapadas en esta pesadilla: entradas compradas, conciertos cancelados y ni un sol devuelto. Un espectáculo que, irónicamente, solo parece tener asegurado un final feliz para las productoras.

Todo empieza con anuncios rimbombantes, imágenes a todo color y videos promocionales que prometen noches épicas. Promotores y artistas son elevados casi a la categoría de héroes culturales. El público, emocionado y confiado, corre a comprar entradas que, en muchos casos, valen tanto como un sueldo mínimo o más.

Luego ocurre el giro dramático: ese temido comunicado de “evento cancelado por causas de fuerza mayor.” Y ahí se esfuman no solo ilusiones, sino miles de soles que, para muchos, representan sacrificios personales, ahorros o incluso deudas adquiridas con tal de vivir “la experiencia de sus vidas”.

Pero el auténtico espectáculo empieza después. Las devoluciones se convierten en leyenda urbana. Los correos de atención al cliente responden con frases tan vacías como un estadio sin público. Los teléfonos suenan y suenan, hasta que, rendidos, los consumidores entienden que lo único que han comprado no es una entrada, sino un boleto directo a la frustración.

La realidad es que miles de personas siguen sin recuperar su dinero. Estudiantes que invirtieron el dinero de sus prácticas pre profesionales, familias que planearon viajes completos, jóvenes que soñaron con ver, aunque fuera una vez, al artista de su vida. Y ahí están, esperando que alguien les devuelva algo más que el eco de la música que jamás sonó.

Mientras tanto, las productoras siguen operando con una impunidad casi poética. Organizan nuevos conciertos, lanzan más preventas, venden más ilusiones, como si nada hubiera pasado. Aparentemente, en este país es más seguro vender shows inexistentes que vender caramelos sin registro sanitario.

El Estado, por su parte, parece estar en su eterno “modo avión”. Indecopi aparece tímidamente cuando el escándalo ya es demasiado grande para barrerlo debajo de la alfombra. No hay reglas claras que obliguen a las empresas a devolver el dinero en plazos estrictos ni sanciones contundentes que las hagan temer repetir la hazaña. Porque, claro, aquí robar sueños no es delito.

En un país donde la corrupción, la violencia y la mediocridad política son el pan de cada día, es indignante que ni siquiera el arte y la música puedan librarse de la trampa. Las productoras siguen cobrando, vendiendo ilusiones, mientras el público se queda con entradas inútiles y cuentas vacías.

Reflexión Final
Así que, querido lector, la próxima vez que saques la tarjeta para comprar una entrada, hazte una sola pregunta: ¿voy a un concierto… o a financiar el nuevo espectáculo de la gran estafa?. Porque aquí, lamentablemente, el show siempre continúa… aunque nunca empiece.

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