Reflexión: ¿Por qué en el Perú indignarse dura solo 48 horas?

En el Perú, la indignación colectiva se ha convertido en una emoción de consumo rápido. Dura menos que una tendencia en redes sociales y, muchas veces, menos que un escándalo político. Un audio comprometedor, una denuncia de corrupción, un asesinato brutal, una negligencia médica o una nueva vergüenza en el Congreso sacuden al país por unas horas… hasta que aparece el siguiente espectáculo nacional. Entonces todo vuelve a empezar: la rabia, los mensajes de protesta y, finalmente, el olvido.

No es que el peruano haya perdido la capacidad de indignarse. Lo preocupante es que ha aprendido a convivir con el abuso. La corrupción dejó de sorprender; ahora apenas interrumpe la rutina. El ciudadano escucha sobre millones desaparecidos, obras paralizadas, hospitales colapsados, extorsiones diarias o privilegios políticos, y responde con una mezcla peligrosa de ironía, cansancio y resignación. El escándalo ya no paraliza: entretiene.

Mientras tanto, la clase política parece haber entendido perfectamente el mecanismo. Saben que solo necesitan resistir un par de días. Sobreviven al rechazo ciudadano esperando que llegue la próxima polémica, el siguiente video viral o una nueva pelea mediática que distraiga la atención. La indignación pública se volvió tan fugaz que algunos funcionarios ya ni siquiera sienten necesidad de disimular.

Las redes sociales también han convertido la indignación en un espectáculo instantáneo. Se comparte un hashtag, se publica una frase moralista, se exige justicia durante una noche y al día siguiente el algoritmo impone otra tragedia. Todo se consume rápido: el dolor, la corrupción y hasta la muerte. El problema no es únicamente político; también es cultural. Nos hemos acostumbrado a reaccionar más de lo que reflexionamos.

Y mientras el país se distrae, la delincuencia avanza, los servicios públicos colapsan, la informalidad devora instituciones y la impunidad gana terreno. El Perú parece vivir atrapado en una memoria corta que beneficia precisamente a quienes deberían rendir cuentas.

Un país donde la indignación dura apenas 48 horas corre el riesgo de normalizarlo todo: la corrupción, el abuso, la incompetencia y la violencia. Cuando el ciudadano olvida demasiado rápido, el poder aprende que puede sobrevivir sin cambiar absolutamente nada.

Reflexión final
Tal vez el verdadero problema del Perú no sea solo la corrupción ni el desgobierno, sino la velocidad con la que dejamos de exigir respuestas. Porque mientras la indignación sea pasajera, la impunidad seguirá teniendo el calendario a su favor. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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