El rechazo masivo a Keiko Fujimori en Huancayo no fue un incidente aislado de campaña. Fue una señal política de alta tensión en plena segunda vuelta. Decenas de ciudadanos salieron a las calles para expresar su oposición a la candidata de Fuerza Popular, mientras la Policía recurrió a bombas lacrimógenas para dispersar las manifestaciones. La escena dejó una pregunta incómoda: ¿cómo pretende gobernar quien no puede caminar sin resistencia en una parte importante del país?
Lo ocurrido en Concepción y Huancayo muestra una fractura profunda entre la campaña electoral y la ciudadanía. Mientras Fujimori realizaba actividades privadas, celebraba su cumpleaños con seguidores y participaba en actos con fuerte control de seguridad, afuera crecía el malestar. Incluso el bus de la orquesta Hermanos Yaipén, contratada para el mitin, fue bloqueado momentáneamente por manifestantes.
La imagen resulta potente: adentro, campaña, música y celebración; afuera, protesta, gases y tensión. Ese contraste resume el deterioro de la política peruana. Los candidatos llegan a las regiones buscando votos, pero muchas veces evitan escuchar las razones del rechazo. Y cuando el malestar se expresa en la calle, la respuesta termina siendo policial antes que política.
El derecho a la protesta debe respetarse siempre que se ejerza de manera pacífica. La Policía tiene la obligación de mantener el orden, pero también debe actuar con proporcionalidad. Las bombas lacrimógenas y el uso de bastones no pueden convertirse en la respuesta automática frente a ciudadanos que manifiestan una posición política.
Fujimori enfrenta nuevamente una campaña marcada por una fuerte resistencia ciudadana. Su equipo puede intentar reducir lo ocurrido a un problema de seguridad o a una acción organizada por adversarios, pero sería un error. Huancayo expresó memoria, desconfianza y cansancio. No se trata solo de una candidata; se trata de una forma de hacer política que no logra reconciliarse con amplios sectores del país.
Huancayo no solo rechazó una visita electoral. Envió un mensaje claro sobre la distancia entre el poder político y la ciudadanía. Una campaña no se sostiene únicamente con mítines, orquestas, seguridad y propaganda. También necesita legitimidad, credibilidad y capacidad de escuchar.
Reflexión final
Cuando una candidatura necesita blindarse de la calle, el problema no está solo en la protesta. Está en la falta de confianza. Y sin confianza, ningún triunfo electoral garantiza gobernabilidad. (Foto: LR/Huanca York Times).
