Keiko Fujimori realizó un mitin en Arequipa en medio de protestas y fuerte resguardo policial. La escena volvió a mostrar una segunda vuelta marcada por el rechazo, la desconfianza y una tensión política que ya no se puede maquillar con música, promesas ni discursos de ocasión. La candidata de Fuerza Popular llegó a buscar respaldo, pero encontró también una calle organizada para recordarle que la memoria política sigue viva.
Mientras Fujimori hablaba ante sus simpatizantes en un local cercano al puente Grau, colectivos opositores y ciudadanos autoconvocados se concentraron en los exteriores para expresar su rechazo. Según la información difundida, la protesta reunió a cientos de personas y obligó a la Policía a formar un cordón de seguridad para impedir el ingreso al recinto. Hubo pancartas, arengas, tensión e intercambios verbales.
Adentro, la candidata intentaba proyectar normalidad. Saludó a sus seguidores, bailó, habló de Arequipa como “ciudad de la libertad” y prometió obras como Majes Siguas II, el puente La Joya y medidas para enfrentar la crisis agrícola. También cuestionó la compra de arroz importado y pidió declarar en emergencia nacional la agricultura. El libreto buscó conectar con el malestar regional, pero afuera la calle contaba otra historia.
La contradicción fue evidente. Hablar de libertad mientras un sector ciudadano protesta detrás de barreras policiales resulta políticamente incómodo. No se trata de negar el derecho de Fujimori a hacer campaña ni de justificar desbordes. Se trata de reconocer que una candidatura con altos niveles de resistencia social no puede tratar el rechazo ciudadano como una simple molestia logística.
Arequipa volvió a comportarse como una plaza política intensa, crítica y vigilante. El mensaje fue claro: no basta llegar con ofertas electorales si antes no se responde a la desconfianza acumulada. Las regiones no son escenarios decorativos para mítines; son territorios con memoria, demandas y dignidad.
El mitin de Fujimori en Arequipa no solo fue un acto de campaña. Fue una advertencia sobre el clima político nacional. Una parte del país escucha propuestas; otra parte exige cuentas pendientes.
Reflexión final
La democracia no se fortalece blindando campañas, sino escuchando el malestar. Cuando la política necesita más policías que argumentos, algo serio está fallando. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
