La última encuesta del IEP confirma una verdad incómoda para la segunda vuelta: Keiko Fujimori y Roberto Sánchez no solo compiten por votos; también cargan con un fuerte rechazo ciudadano. Sánchez registra 40% de antivoto y Fujimori 37%. Es decir, antes que entusiasmo, esta elección parece estar marcada por la desconfianza, la resistencia y el cálculo del mal menor.
El dato es políticamente demoledor. Una segunda vuelta debería ser el momento en el que los candidatos consolidan propuestas, amplían consensos y construyen legitimidad. Pero en el Perú vuelve a ocurrir lo contrario: los finalistas llegan al tramo decisivo intentando convencer a un país que, en buena parte, no quiere votar por ellos.
El antivoto no nace de la nada. Es la factura acumulada de años de corrupción, crisis institucional, desgobierno, enfrentamientos estériles y una clase política que ha confundido representación con supervivencia. El ciudadano ya no escucha promesas con inocencia. Las mide con sospecha. Y hace bien.
Fujimori ha reducido su rechazo respecto a procesos anteriores, pero no ha eliminado la memoria política que la acompaña. Sánchez, por su parte, enfrenta un antivoto alto que revela dudas sobre su proyecto, sus alianzas y sus propuestas más polémicas. Ambos tienen un problema común: no terminan de convencer a una ciudadanía agotada.
A este escenario se suma otro dato preocupante: una parte significativa del electorado cree que hubo fraude o irregularidades que afectaron los comicios. Esa percepción, más allá de su comprobación jurídica, golpea directamente la credibilidad del proceso. Cuando la confianza electoral se debilita, la democracia entra en una zona peligrosa.
La política peruana debería leer estas cifras con humildad, pero probablemente las leerá con soberbia. Dirán que es normal, que siempre hay rechazo, que lo importante es ganar. Ese es precisamente el problema. En el Perú se ha normalizado gobernar con medio país en contra y luego sorprenderse cuando estalla la conflictividad social.
La Caja Negra sostiene que el antivoto es una advertencia democrática. No es solo rechazo personal contra dos candidaturas. Es rechazo a una forma de hacer política basada en el miedo, la polarización, la improvisación y la incapacidad de ofrecer un horizonte común.
Quien gane esta segunda vuelta no recibirá un cheque en blanco. Recibirá un país fracturado, desconfiado y cansado de discursos vacíos. Gobernar no será posar en Palacio ni repartir cargos. Será demostrar, desde el primer día, que se puede construir autoridad moral en medio del descrédito.
Reflexión final
El antivoto no es un capricho ciudadano. Es el espejo de una política que perdió credibilidad. Y cuando una elección se define más por el rechazo que por la esperanza, el país no está celebrando la democracia: está sobreviviendo a sus propias decepciones. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
