Si su celular timbra desde Bangladesh, Madagascar, Sri Lanka, Albania, Ghana o Bosnia, no necesariamente está recibiendo una llamada relevante del extranjero. Podría estar frente a una estafa. En las últimas semanas, usuarios en el Perú han reportado llamadas internacionales desconocidas que apenas suenan unos segundos y luego se cortan. Parece un detalle menor, pero puede ser el inicio de un fraude telefónico diseñado para cobrarle por curiosidad.
La modalidad se llama wangiri, palabra japonesa que significa “una llamada y corto”. El mecanismo es sencillo y perverso: los estafadores realizan miles de llamadas automáticas desde números internacionales y cuelgan casi de inmediato. La intención es que la víctima vea la llamada perdida, se inquiete y devuelva la comunicación para saber quién llamó.
Ahí empieza el negocio. Al devolver la llamada, el usuario puede ser conectado a líneas premium o de tarificación especial, donde cada minuto cuesta caro. Para mantenerlo en espera, se utilizan grabaciones, música automática o mensajes confusos. Mientras la persona intenta entender qué ocurre, el contador avanza y el fraude factura.
Lo indignante es que esta estafa prospera porque explota algo humano: la curiosidad, la preocupación y la costumbre de responder rápido. En un país saturado de llamadas comerciales, falsas promociones, supuestos bancos y mensajes sospechosos, el teléfono se ha convertido en una puerta abierta para delincuentes invisibles.
La recomendación es clara: no devuelva llamadas internacionales desconocidas, bloquee números sospechosos, active filtros antispam y nunca entregue datos personales por teléfono. Pero también corresponde exigir mayor responsabilidad a las operadoras. No basta con trasladar toda la carga al usuario. Las empresas de telecomunicaciones deben detectar patrones anómalos, advertir riesgos y bloquear redes utilizadas para fraudes masivos.
El ciudadano no puede seguir enfrentando solo un mercado telefónico donde cualquiera llama, engaña, cobra y desaparece. La tecnología debe servir para proteger, no para multiplicar trampas.
La reflexión final: No toda llamada perdida merece respuesta. La estafa wangiri demuestra que el delito ya no necesita tocar la puerta; le basta un timbrazo. En tiempos de fraude digital, ignorar una llamada sospechosa no es descortesía: es defensa personal. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
