El Fenómeno El Niño ya está en el Perú. No es una hipótesis lejana ni una advertencia académica perdida entre informes técnicos. Ya está presente y sus efectos más duros podrían sentirse durante el verano, entre diciembre, enero y febrero. La NOAA elevó de 63 % a 81 % la probabilidad de que alcance una intensidad muy fuerte entre octubre y noviembre. La ciencia volvió a tocar la puerta con datos, mapas y alertas. El problema es que el Estado peruano suele abrir cuando el agua ya entró a la sala.
Los especialistas han sido claros. El meteorólogo David Pareja explicó que “ya estamos en El Niño” y que el fenómeno continuará, aunque todavía no se puede determinar si llegará con intensidad fuerte o extraordinaria durante el verano. Esa incertidumbre debería empujar a la acción inmediata. Pero en el Perú, la incertidumbre suele convertirse en cómoda excusa para no decidir, no invertir y no prevenir.
La hidrobióloga Nathaly Vargas recordó algo fundamental: El Niño no es solamente el calentamiento del mar. Es un fenómeno complejo que altera la estructura oceánica, profundiza la termoclina, cambia la disponibilidad de oxígeno y nutrientes, y afecta directamente la pesca, la agricultura, el turismo y diversas actividades económicas. En castellano claro: no estamos hablando solo de clima, sino de comida, trabajo, ingresos, transporte, salud y supervivencia para miles de familias.
El vocero del ENFEN, Luis Vásquez Espinoza, advirtió además que hoy se desarrollan simultáneamente el Niño Costero y el Niño Global, con proyecciones hasta el verano de 2027. También recordó que pueden presentarse lluvias intensas, desbordes de ríos y deslizamientos. Nada de esto debería sorprender a un país que ya conoce el libreto: huaicos, casas arrasadas, puentes destruidos, carreteras bloqueadas, colegios afectados y autoridades prometiendo “acciones inmediatas” cuando lo inmediato debió hacerse meses antes.
La mordaza de nuestra tragedia es esa: el Perú no carece de información, carece de vergüenza preventiva. Se sabe dónde se inundan los pueblos, dónde se activan las quebradas, dónde los ríos se desbordan y dónde las familias viven sobre el riesgo porque la pobreza las empujó allí y el Estado las dejó allí. Se habla de prevención, pero muchas veces se gobierna con parches, comunicados y fotografías con chaleco.
El Niño puede ser natural; la improvisación, no. Las lluvias pueden ser inevitables; la desidia, tampoco. Si las autoridades no limpian cauces, no refuerzan defensas, no protegen zonas vulnerables, no ejecutan presupuesto y no coordinan con seriedad, el desastre no será solo climático: será político y moral.
Reflexión final
El Perú no puede seguir esperando que la tragedia haga el trabajo que la política no quiere hacer. Cuando El Niño golpee, no bastará decir que fue la naturaleza. Si otra vez hay abandono, pérdidas y dolor evitable, habrá que decirlo sin maquillaje: no nos venció solo el agua, nos venció la vieja costumbre de gobernar tarde. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
