El Mundial 2026 dejó una lección incómoda para el fútbol peruano

El Mundial 2026 dejó una advertencia que el fútbol peruano no puede seguir archivando entre comunicados, conferencias y promesas de reconstrucción: en el deporte moderno no triunfan quienes esperan milagros, sino quienes planifican, forman jugadores, invierten y sostienen procesos. Mientras Marruecos, Japón, Noruega y otras selecciones exhibieron el resultado de años de trabajo, el Perú volvió a mirar desde fuera, confiando en que algún entrenador providencial resuelva lo que las instituciones no hicieron durante décadas.

En otros países se construyen academias, centros de alto rendimiento, ligas juveniles competitivas y programas nacionales de captación. En el Perú se cambia de entrenador, se presenta un nuevo comando técnico y se anuncia que ahora sí comenzará la verdadera renovación. Cambian los protagonistas de la conferencia; el libreto permanece intacto.

Después de cada fracaso se discute quién debe ser convocado, qué veterano todavía puede prolongar su presencia o qué futbolista con ascendencia peruana podría solucionar las carencias. Así, el debate se concentra convenientemente en los nombres y evita revisar el sistema. Mientras otros países producen generaciones, el Perú busca parches para completar una lista.

La clasificación a Rusia 2018 debió convertirse en el punto de partida de una reforma profunda. Sin embargo, terminó funcionando como maquillaje institucional. Se presentó el éxito circunstancial de un entrenador y una generación como prueba de que el fútbol peruano había evolucionado. Cuando los referentes comenzaron a perder vigencia, apareció una verdad previsible: detrás de ellos no existían suficientes reemplazos.

Un entrenador puede ordenar un equipo, mejorar su funcionamiento y competir con dignidad. Lo que no puede hacer es retroceder quince años para corregir deficiencias técnicas, físicas y tácticas acumuladas desde la infancia. Tampoco puede fabricar en una concentración a los jugadores que los clubes y la Federación no lograron formar.

El Perú necesita un Plan Integral de Desarrollo del Fútbol con horizonte al 2076, presupuesto verificable, centros regionales, fútbol escolar, entrenadores certificados, torneos juveniles permanentes, infraestructura, ciencia deportiva, indicadores y auditorías. Sin responsables ni metas medibles, cualquier reconstrucción será propaganda con fecha de vencimiento.

El Mundial colocó un espejo frente al fútbol peruano. Romperlo, ignorarlo o contratar otro técnico no modificará la imagen. La hinchada ya entregó pasión, paciencia y dinero. Ahora corresponde que la Federación, los clubes y las autoridades entreguen planificación, transparencia y capacidad.

La improvisación también elimina, la indiferencia también pierde partidos y la falta de visión también destruye generaciones. El problema no es la ausencia de talento. Es la persistencia de un sistema que aprendió a administrar la frustración, pero todavía no demuestra que sepa construir futuro. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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