Una elección cuestionada en el Senado y un mal augurio

El nuevo Senado debía regresar como símbolo de equilibrio, deliberación y madurez democrática. Pero su estreno dejó otra impresión: periodistas fuera del Pleno, una señal institucional que desapareció en momentos sensibles, votos interpretados sin procedimiento transparente y una oposición que contempló el atropello con la serenidad de quien todavía no entiende para qué fue elegida.

El Senado volvió con traje nuevo, pero con costumbres demasiado conocidas. Se prometió institucionalidad y apareció el viejo manual del poder: menos ojos, menos preguntas y más decisiones tomadas por quien levanta la voz con mayor seguridad.

Impedir el ingreso de la prensa durante la elección de la Mesa Directiva no fue una simple dificultad logística. Fue una decisión política. Cuando el poder aparta a los periodistas de una votación decisiva, no está ordenando el espacio: está reduciendo la fiscalización. El argumento de que no había capacidad para recibir a todos los cronistas resulta casi enternecedor. Para distribuir cargos siempre existe espacio; para garantizar transparencia, aparentemente, faltan sillas.

El canal del Congreso debía reemplazar esa vigilancia. Sin embargo, según la información proporcionada, la transmisión se cortó cuando era necesario revisar determinados votos. La cámara institucional funcionó como una cortina: mostró lo conveniente y perdió la señal cuando la democracia requería primeros planos. Una tecnología admirablemente obediente.

La irregularidad más grave apareció durante el escrutinio. Los senadores designados debían contar votos, no inventar atribuciones. Si una cédula generaba dudas, correspondía debatir, consultar a los voceros y establecer un criterio aplicable para todos. Pero Fernando Rospigliosi decidió que un voto era viciado, pese a que su presidencia del Congreso ya había terminado y, en ese momento, era un senador con los mismos derechos y límites que los demás.

¿Con qué autoridad resolvió la controversia? ¿Qué norma le entregaba esa facultad? ¿Por qué su decisión fue aceptada sin debate? El silencio institucional no convierte la arbitrariedad en legalidad; solamente la hace más cómoda.

La oposición tampoco puede presentarse como víctima inocente. Sus voceros permitieron que el procedimiento se moldeara delante de ellos. Llegar recién elegidos no autoriza a comportarse como visitantes guiados. Quien calla ante la primera imposición enseña al oficialismo cuánto abuso está dispuesto a tolerar.

La elección debe investigarse: quién emitió el voto observado, por qué la marca cuestionada apareció dos veces, por qué no hubo debate desde el primer incidente y bajo qué fundamento una sola persona decidió su invalidez.

Reflexión final
El Senado comenzó reclamando respeto, pero ofreciendo sospechas. La democracia no se debilita únicamente cuando se roban votos; también cuando se interpretan a conveniencia, se ocultan imágenes y se silencia a quienes debían protestar. Si así administran una elección interna, conviene imaginar cómo pretenderán administrar el país. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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