El otoño peruano parece haberse extraviado. El Servicio Nacional de MeteorologÃa e HidrologÃa (Senamhi) activó una alerta naranja por incremento de temperaturas en 20 regiones del paÃs, incluida Lima, con picos que podrÃan alcanzar los 35 °C entre el 3 y el 5 de mayo. No es un dato curioso ni un capricho del clima: es una señal de desorden ambiental que el paÃs sigue enfrentando con la misma respuesta de siempre: advertir, recomendar y esperar.
Las condiciones descritas por Senamhi no son menores. Escasa nubosidad, mayor radiación ultravioleta, ráfagas de viento y calor inusual en una estación que deberÃa ser de transición. Es decir, no solo sube la temperatura: sube el riesgo para la salud. Niños, adultos mayores, personas con enfermedades crónicas y trabajadores expuestos al sol quedan directamente afectados.
Pero lo verdaderamente incómodo no es el calor. Es la fragilidad de la respuesta. En el Perú, una alerta naranja suele traducirse en recomendaciones previsibles: hidratarse, usar protector solar, evitar exposición prolongada. Todo correcto, pero insuficiente. Porque el problema no es solo individual, es estructural.
¿Dónde están los protocolos laborales para proteger a quienes trabajan bajo el sol? ¿Qué medidas se toman en colegios sin ventilación adecuada? ¿Qué hacen los gobiernos locales para habilitar espacios de sombra, acceso a agua o pausas térmicas? Cuando el clima cambia, el Estado no puede limitarse a emitir avisos. Debe actuar.
El calor no impacta de manera uniforme. En una ciudad con profundas desigualdades, no vive lo mismo quien trabaja en oficina que quien vende en la calle. No sufre igual quien tiene acceso a aire acondicionado que quien enfrenta jornadas largas bajo radiación intensa. El clima se convierte asà en otra forma de desigualdad silenciosa.
Y mientras tanto, el paÃs sigue reaccionando tarde. Se habla de cambio climático como si fuera un fenómeno distante, cuando ya está alterando estaciones, modificando patrones y obligando a replantear cómo vivimos, trabajamos y nos organizamos.
La alerta naranja no deberÃa ser un trámite informativo. DeberÃa ser un punto de acción. Porque cuando 20 regiones enfrentan temperaturas inusuales, el problema deja de ser meteorológico y pasa a ser polÃtico.
Reflexión final
¿Adónde se fue el otoño? No se fue solo. Se fue con la falta de planificación, con la costumbre de reaccionar y no anticipar, con un Estado que aún mira el clima como noticia y no como urgencia. Y en ese vacÃo, el calor no solo incomoda: expone. (Foto: El Popular).
