Fernando Rospigliosi protagonizó una escena preocupante que retrata, con inquietante precisión, la relación cada vez más tensa entre ciertos sectores del poder y la prensa. Bastó que un periodista le recordara una antigua declaración suya sobre Keiko Fujimori —cuando afirmó que ella “vivía con plata de Montesinos”— para que el presidente encargado del Congreso reaccionara con evidente molestia y mandara callar al hombre de prensa. La pregunta era legítima. La reacción, en cambio, dejó una imagen incómoda para la democracia.
El periodista no inventó una frase ni fabricó una acusación. Solo recordó palabras pronunciadas por el propio Rospigliosi cuando era un severo crítico del fujimorismo. Pero en el Perú político, la memoria suele ser vista como un enemigo peligroso. Muchos dirigentes parecen cómodos cuando sus declaraciones sirven para atacar adversarios, pero se incomodan profundamente cuando esas mismas frases reaparecen para pedir coherencia.
Mandar callar a un periodista no es autoridad ni firmeza. Es una muestra de intolerancia frente al cuestionamiento público. Y el problema se agrava cuando quien pierde la serenidad ocupa uno de los cargos más importantes del país. El Congreso peruano atraviesa una de sus peores crisis de credibilidad, y escenas como esta solo profundizan la percepción ciudadana de soberbia, desconexión y desprecio hacia la fiscalización periodística.
La prensa no está para decorar actividades oficiales ni para formular preguntas cuidadosamente aprobadas por el poder. Su función es preguntar, contrastar, incomodar y recordar aquello que algunos preferirían borrar del archivo político nacional. Porque si los periodistas dejan de preguntar por contradicciones, cambios de postura o alianzas inesperadas, la democracia termina convertida en un simple acto ceremonial sin control ciudadano.
El caso Rospigliosi también refleja una enfermedad recurrente de la política peruana: atacar con dureza cuando se está fuera del poder, acercarse cuando conviene políticamente y luego reaccionar con fastidio cuando alguien pregunta por esa transformación. La coherencia pública no puede depender del momento electoral ni de la conveniencia del cargo.
Lo ocurrido no debería minimizarse como un simple exabrupto. Es una señal preocupante sobre cómo ciertos políticos entienden la relación con la prensa: aceptan el micrófono mientras no formule preguntas incómodas.
Reflexión final
Una democracia sana necesita autoridades capaces de responder, no funcionarios que exijan silencio cuando el pasado vuelve convertido en pregunta. Porque cuando el poder pierde los papeles frente a la prensa, quien realmente pierde es la calidad democrática del país. (Foto ilustración: lacajanegra).
