El voto viciado se convirtió en fantasma de Fujimori y Sánchez

En esta segunda vuelta, Keiko Fujimori y Roberto Sánchez no solo compiten entre ellos. Hay un tercer actor que no tiene rostro, no da entrevistas, no promete ministerios y no hace mítines, pero empieza a rondar la campaña como un fantasma incómodo: el voto viciado y blanco. Según la última encuesta de CPI, esta opción pasó de 14% a 22,6%, una cifra que ya no puede tratarse como simple berrinche ciudadano.

Mientras los candidatos recorren el país intentando convencer a una población cansada, una parte creciente del electorado parece haber tomado otra decisión: no votar por el “menos malo”. Y esa frase, tan repetida en la política peruana, quizá sea una de las mayores derrotas morales de nuestra democracia. ¿Desde cuándo elegir presidente se convirtió en resignarse?

El voto viciado y el voto en blanco son opciones democráticas, legales y amparadas por la legislación peruana. No son actos contra la democracia; son expresiones dentro de ella. El ciudadano tiene derecho a respaldar una candidatura, pero también tiene derecho a rechazar ambas cuando considera que ninguna representa sus valores, demandas o esperanzas.

Lo que ocurre hoy no es apatía. Es protesta democrática. Hay ciudadanos, partidos, líderes de opinión y jóvenes —especialmente de la generación Z— que empiezan a ver el voto viciado o blanco como una manera de decir: “No me representan”. Y cuando el rechazo comienza a crecer más rápido que el entusiasmo, la clase política debería dejar de mirar encuestas como si fueran cifras superficiales y empezar a leerlas como advertencias.

Nada impide que el voto viciado y blanco obtenga más votos que cualquiera de los candidatos. Sería histórico. También sería una bofetada simbólica a un sistema que durante años creyó que podía empujar al elector a votar con miedo, cansancio o chantaje emocional. Incluso se habla del escenario de alcanzar niveles tan altos de rechazo que obliguen a nuevas elecciones, aunque la barrera legal sea difícil.

La segunda vuelta ya no es solo Fujimori contra Sánchez. Es también ambos contra una ciudadanía que desconfía, rechaza y se resiste a entregar legitimidad sin convicción.

Reflexión final
La gran pregunta no es si el voto viciado crecerá. La pregunta es cómo llegamos al punto en que tantos peruanos consideran que la forma más honesta de participar en democracia es rechazando todas las alternativas. Allí está el verdadero fantasma. Y no está en la cédula: está en la crisis de representación del Perú. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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