Debate presidencial: más ataques que propuestas concretas. El debate presidencial entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez debía ser una oportunidad histórica para hablarle al país con seriedad, claridad y sentido de responsabilidad. Ambos candidatos tenían frente a sí a millones de ciudadanos esperando propuestas concretas sobre seguridad, economía, salud, educación, empleo, democracia y gobernabilidad. Sin embargo, lo que entregaron fue un intercambio pobre, cargado de ataques, frases ensayadas, lecturas mecánicas y muy poca capacidad para convencer.
El Perú esperaba un debate de Estado. Recibió un duelo de reproches.
Desde el inicio, el evento dejó una señal preocupante. El retraso en la transmisión fue una vergüenza para un proceso electoral que necesita orden, confianza y solemnidad. En una elección marcada por sospechas, polarización y desconfianza ciudadana, ni el Jurado Nacional de Elecciones, ni la ONPE, ni la producción televisiva podían permitirse fallas básicas. Pero ocurrió. Y ese inicio accidentado terminó funcionando casi como presagio de una noche mal conducida, mal aprovechada y políticamente decepcionante.
Fujimori y Sánchez llegaron con ayudamemorias, papeles y frases preparadas. Eso no es necesariamente un problema si detrás existe contenido. El problema es que, cuando el debate entró en tensión, ambos parecieron más concentrados en golpearse que en explicar. Las indirectas los desordenaron. Los ataques los sacaron de eje. Y en lugar de desarrollar ideas con hilación, terminaron atrapados en una competencia de acusaciones que dejó al ciudadano con más dudas que certezas.
No hubo ganador. Ni siquiera empate. Perdieron los dos.
Perdió Fujimori cuando no logró disipar plenamente los temores que acompañan a su candidatura. Perdió Sánchez cuando no consiguió transmitir solvencia suficiente para enfrentar la desconfianza sobre su proyecto político. Pero, sobre todo, perdió el elector, obligado otra vez a mirar una escena donde la política peruana parece incapaz de estar a la altura de la crisis nacional.
El país no necesitaba escuchar paporreta electoral. Necesitaba saber cómo se enfrentará la criminalidad, cómo se reactivará la economía, cómo se combatirá la pobreza, cómo se recuperará la salud pública, cómo se mejorará la educación y cómo se garantizará el respeto institucional. Pero la noche se fue entre frases de campaña y respuestas incompletas.
El efecto puede ser severo. Después de un debate así, es probable que aumenten los votos blancos, viciados e indecisos. Muchos ciudadanos seguirán atrapados en el mismo dilema: votar por el menos malo, votar en blanco, votar viciado o simplemente no votar. La desilusión no disminuyó; probablemente creció.
La Caja Negra sostiene que este debate no resolvió la crisis de representación. La profundizó. En una democracia sana, los debates sirven para iluminar. Este, en cambio, dejó más sombras. Y cuando dos candidatos no logran convencer, el fantasma del voto viciado empieza a caminar con más fuerza.
Reflexión final
El debate presidencial era una oportunidad para reconstruir confianza. Fue desperdiciada. Fujimori y Sánchez no solo debatieron mal; le recordaron al país por qué tantos ciudadanos ya no creen en la política. Y cuando la política fracasa en convencer, la urna suele responder con castigo silencioso. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
