Mientras millones de peruanos hacen largas colas para conseguir una cita médica, buscan medicamentos que no existen en las farmacias públicas o esperan durante meses una cirugía, el debate presidencial desperdició una oportunidad histórica para discutir la mayor emergencia social del país: la salud. Keiko Fujimori y Roberto Sánchez intercambiaron ataques, cuestionamientos y promesas generales, pero dejaron sin respuesta la pregunta que angustia a millones de familias: ¿cómo van a rescatar un sistema de salud que parece haberse acostumbrado a sobrevivir en estado crítico?
La salud pública peruana no enfrenta una crisis pasajera. Enfrenta décadas de abandono, improvisación, corrupción y falta de planificación. Hospitales construidos hace medio siglo operan con infraestructura deteriorada. Existen centros hospitalarios que permanecen inconclusos después de siete años de obras. Faltan camas, especialistas, equipos biomédicos y medicamentos esenciales. Conseguir una consulta especializada puede tomar meses, mientras que obtener un tratamiento oportuno para enfermedades graves se ha convertido en una carrera contra el tiempo.
Lo más preocupante es que la crisis golpea especialmente a los más vulnerables. La anemia infantil continúa afectando a cientos de miles de niños. La tuberculosis mantiene presencia en diversas regiones. El dengue reaparece periódicamente, poniendo en tensión al sistema sanitario. Miles de pacientes oncológicos enfrentan demoras en diagnósticos y tratamientos. En muchos casos, la diferencia entre vivir y morir depende de la velocidad de un trámite burocrático.
Sin embargo, nada de esto ocupó el lugar central que merecía en el debate. Los ciudadanos no necesitaban escuchar quién atacó a quién hace diez años. Necesitaban conocer cómo se financiará una reforma sanitaria, cuáles serán las metas de infraestructura, cómo se combatirá la corrupción en las compras públicas, cómo se integrarán EsSalud y el MINSA, y qué estrategia permitirá garantizar atención digna en todo el territorio nacional.
La ausencia de una visión clara resulta alarmante porque el Perú sigue sin contar con una estrategia integral capaz de articular al Ministerio de Salud, EsSalud, gobiernos regionales, universidades, colegios profesionales y sector privado bajo objetivos comunes. La enfermedad avanza coordinadamente; el Estado continúa respondiendo de manera fragmentada.
Los debates presidenciales deberían servir para comparar modelos de país. Esta vez, la salud fue tratada como una nota secundaria cuando debería haber sido el tema principal de la discusión nacional.
Reflexión final
Cuando los hospitales colapsan, las medicinas faltan y los pacientes esperan mientras la política discute otras prioridades, la crisis deja de ser sanitaria para convertirse en una crisis moral del Estado. Porque una nación que no puede cuidar la salud de su gente difícilmente puede hablar de desarrollo, justicia o futuro. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
