El Congreso peruano vive una paradoja difÃcil de explicar sin sentir vergüenza nacional: tiene cada vez más poder, pero cada vez menos prestigio. Legisla, censura, investiga, bloquea, reforma, designa y condiciona la vida polÃtica del paÃs. Sin embargo, su imagen pública se deteriora aceleradamente. Es una institución poderosa, sÃ, pero profundamente desconectada de la ciudadanÃa que dice representar.
El problema no es que el Congreso tenga poder. En una democracia, el Parlamento debe fiscalizar, debatir y equilibrar al Ejecutivo. El problema empieza cuando ese poder parece usarse más para la autoprotección polÃtica que para resolver los problemas reales del paÃs. Mientras la inseguridad crece, los hospitales colapsan, la educación se debilita y la economÃa golpea al ciudadano común, buena parte de la agenda congresal parece girar alrededor de blindajes, repartos de influencia y reformas hechas con calculadora electoral.
El actual Congreso es considerado por amplios sectores ciudadanos como uno de los peores de la historia del Perú. No por simple antipatÃa polÃtica, sino por la acumulación de escándalos, decisiones polémicas, blindajes cuestionados y leyes percibidas como favorables al debilitamiento de la lucha contra el crimen, la corrupción y la impunidad. Mientras el paÃs exige seguridad, justicia y orden, el Parlamento parece responder con normas que generan más dudas que confianza.
El Congreso exige respeto institucional, pero pocas veces parece dispuesto a ganárselo. Pide confianza, mientras produce escenas que alimentan la desconfianza. Habla en nombre del pueblo, pero muchas de sus decisiones parecen tomadas de espaldas al paÃs. Allà nace su crisis de prestigio: no por falta de poder, sino por exceso de desconexión.
La polÃtica parlamentaria ha convertido la representación en un trámite y el cargo en una plataforma de supervivencia. Algunos congresistas parecen más interesados en conservar cuotas, negociar posiciones o cuidar futuros electorales que en construir leyes útiles, técnicamente sólidas y moralmente defendibles. Luego se sorprenden cuando la ciudadanÃa los rechaza. Curioso: esperan aplausos después de haber convertido la paciencia pública en material inflamable.
El Congreso tiene más poder porque ha ocupado espacios polÃticos que otros poderes dejaron vacÃos. Pero tiene menos prestigio porque no ha sabido usar ese poder con responsabilidad, transparencia ni sentido nacional.
Reflexión final
Una democracia no se fortalece con un Congreso poderoso si ese poder carece de legitimidad social. El Perú necesita un Parlamento que represente y fiscalice, no una institución que parezca gobernar para sà misma. Porque cuando el poder crece y el prestigio se derrumba, el problema ya no es solo polÃtico: es una alarma democrática. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
