Hoy domingo, mientras millones de peruanos acuden a las urnas, el país vive una jornada decisiva. Keiko Fujimori y Roberto Sánchez llegan al final de una campaña marcada por ataques, promesas, miedo, antivoto, alianzas de última hora y una profunda desconfianza ciudadana. Sin embargo, la crucial pregunta no es solo quién ganará esta elección, sino qué país encontrará el nuevo presidente cuando se apaguen los flashes, terminen los mítines y desaparezca la propaganda electoral.
El Perú no amanecerá mañana con menos inseguridad, menos corrupción ni mejores servicios públicos por un simple golpe de varita mágica. Las extorsiones, el sicariato, la informalidad, la pobreza, la crisis educativa, la precariedad de la salud, el desempleo, la minería ilegal y el abandono de las regiones seguirán allí, esperando algo más que frases de campaña.
Durante semanas, los candidatos hablaron de orden, democracia, estabilidad, justicia social, inversión y crecimiento. Pero el ciudadano ya no se conforma con palabras bien ensayadas. Quiere saber quién podrá gobernar sin incendiar más el país, sin someterse a intereses oscuros, sin usar el Estado como botín y sin convertir cada crisis en espectáculo político.
El próximo gobierno recibirá un país partido en varios pedazos: Lima contra regiones, ciudad contra campo, izquierda contra derecha, formalidad contra informalidad, Estado contra ciudadano. Y, como si eso fuera poco, deberá convivir con un Congreso fragmentado, instituciones debilitadas, economía desconfiada y una población que ya no entrega cheques en blanco.
Ganar hoy no será una coronación. Será apenas el inicio de una prueba durísima. Quien llegue a Palacio tendrá que demostrar liderazgo, serenidad, capacidad técnica y voluntad real de diálogo. Porque el Perú no necesita un presidente para vengar agravios, alimentar trincheras o repartir favores. Necesita alguien capaz de gobernar para todos, incluso para quienes votaron en contra, viciaron su voto o simplemente acudieron a las urnas por obligación.
También será indispensable reconstruir la confianza en las instituciones. La ciudadanía está cansada de autoridades que prometen justicia y luego blindan privilegios; de políticos que hablan de democracia mientras la debilitan; de candidatos que ofrecen unidad, pero gobiernan solo para los suyos. El próximo presidente deberá entender que el poder no es licencia para imponer, sino responsabilidad para servir.
Las elecciones terminan hoy, pero la crisis nacional continuará mañana. La democracia no se salva solo votando; se defiende exigiendo resultados, fiscalizando al poder y rechazando cualquier intento de abuso, corrupción o autoritarismo.
Reflexión final
El verdadero desafío comienza cuando acaben las elecciones. Hoy el país elige presidente; desde mañana deberá exigir gobierno, decencia y soluciones. Porque el Perú no necesita otro ganador electoral: necesita, con urgencia, alguien capaz de gobernar sin traicionar la esperanza de un país cansado. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
