Los peruanos no desconfÃan de la polÃtica por pesimismo ni por simple rabia ciudadana. DesconfÃan porque los polÃticos se han ganado a pulso el repudio, el desencanto y la desaprobación popular. Durante años prometieron cambio, honestidad y servicio público; pero entregaron corrupción, ilegalidad, escándalos, blindajes, improvisación y una preocupante indiferencia frente al sufrimiento del paÃs.
La polÃtica peruana ya no inspira respeto: provoca sospecha. La prueba está a la vista. Presidentes investigados, expresidentes encarcelados, autoridades procesadas, congresistas cuestionados, partidos convertidos en maquinarias electorales y funcionarios que parecen llegar al poder no para servir, sino para sobrevivir, negociar o protegerse. El ciudadano no inventó la desconfianza; la polÃtica la fabricó dÃa a dÃa.
El Congreso representa uno de los rostros más visibles de esta decadencia. Ha acumulado poder, pero ha perdido prestigio. Entre blindajes, escándalos, leyes cuestionadas y normas percibidas como favorables a la impunidad o al debilitamiento de la lucha contra el crimen, ha logrado una hazaña singular: unir a buena parte del paÃs, pero en el rechazo. Mientras la población pide seguridad, salud, trabajo y justicia, muchos polÃticos parecen ocupados en cuidar cuotas, intereses y futuros electorales.
La corrupción ha contaminado la polÃtica como una humedad difÃcil de ocultar. Aparece en campañas, contrataciones, obras públicas, favores, votos, cargos y silencios convenientes. Cada nuevo escándalo confirma lo que muchos ciudadanos ya presienten: que el problema no es un caso aislado, sino una cultura polÃtica enferma.
A esto se suma la inseguridad. El crimen avanza, las mafias cobran cupos, la minerÃa ilegal crece, el narcotráfico se expande y el Estado responde tarde, mal o con discursos. La polÃtica pide confianza mientras no puede garantizar algo elemental: que el ciudadano salga a trabajar y regrese vivo a casa.
Los peruanos desconfÃan porque han sido engañados demasiadas veces. La polÃtica perdió credibilidad porque confundió representación con privilegio, autoridad con soberbia y democracia con reparto.
Reflexión final
La confianza no se reclama: se merece. Y mientras los polÃticos sigan contaminados por la corrupción, la ilegalidad, la incapacidad y la indiferencia, el ciudadano seguirá mirando al poder con repudio, cansancio y sospecha. Ese no es un problema de percepción. Es el resultado de una larga traición al paÃs. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
