El Niño no solo amenaza con inundaciones, carreteras bloqueadas y pérdidas agrícolas. Su impacto más silencioso —y quizá más cruel— puede sentirse directamente en la mesa de millones de peruanos. El 30,5 % de la población ya enfrenta inseguridad alimentaria moderada o severa, lo que significa que casi uno de cada tres ciudadanos tiene dificultades para acceder de manera regular a alimentos suficientes y adecuados. Si a esa fragilidad se suman pérdidas de cultivos, interrupciones en las rutas de abastecimiento y aumentos de precios, el fenómeno climático puede convertirse rápidamente en una crisis de hambre.
La vulnerabilidad ya existe antes de que llegue la emergencia. En 2025, el 25,7 % de la población se encontraba en pobreza monetaria, equivalente a unos 8,8 millones de personas, mientras que otro 32,8 % era considerado no pobre vulnerable. En otras palabras, millones de familias todavía logran mantenerse a flote, pero cualquier pérdida de ingresos, incremento del precio de los alimentos o afectación productiva podría empujarlas hacia la pobreza.
Ese es el verdadero peligro: El Niño no crearía el problema desde cero; podría profundizar una crisis que ya está instalada.
La agricultura familiar está en la primera línea de riesgo. Si las lluvias intensas, inundaciones o sequías destruyen cultivos, animales o sistemas de riego, el daño no termina en el campo. Menos producción significa menor abastecimiento y, por lo tanto, mayor presión sobre los precios. Y cuando los alimentos suben, quienes menos tienen son los primeros en reducir calidad, cantidad y variedad en su dieta.
La amenaza es todavía más grave porque el país mantiene brechas nutricionales importantes. Según la información proporcionada, la anemia afecta al 34,9 % de los niños de entre 6 y 35 meses, mientras que la desnutrición crónica alcanza al 12,1 % de los menores de cinco años. Si el acceso a alimentos empeora, esos indicadores podrían deteriorarse aún más.
Tampoco es aceptable que, cada vez que llega una crisis, el Estado descargue buena parte de la respuesta sobre ollas comunes y comedores populares. Esas organizaciones cumplen una función indispensable, pero no deberían ser utilizadas como sustituto permanente de una política pública de seguridad alimentaria.
Desde La Caja Negra sostenemos que el Gobierno debe asumir desde ahora que El Niño también es una amenaza alimentaria. Se necesita un plan nacional preventivo que articule producción, transporte, precios, abastecimiento y asistencia social. Deben identificarse las zonas más vulnerables, asegurarse rutas alternativas, fortalecer seguros agrarios, proteger sistemas de riego y garantizar reservas estratégicas de alimentos.
Además, comedores populares y ollas comunes deben recibir recursos, agua segura, equipamiento y logística antes de la emergencia, no cuando el desabastecimiento ya golpeó a las familias.
El Niño puede ser un fenómeno natural. El hambre agravada por falta de previsión sería una falla política.
Reflexión final
Un país que sabe que millones de personas ya tienen dificultades para alimentarse no puede esperar a que el clima empeore la situación para recién reaccionar. Prevenir no significa solo reforzar puentes o limpiar quebradas. También significa garantizar que los alimentos sigan llegando y que las familias puedan seguir comprándolos.
Si El Niño termina llevando más hambre a la mesa de los peruanos, el desastre no será únicamente climático: también será el resultado de un Estado que fue advertido y no actuó a tiempo. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
