Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Parece que el fútbol, ese juego maravilloso que solía girar en torno a la pasión, la gloria y —por qué no— el sacrificio deportivo, ha pasado a ser un vulgar Excel de ingresos para la FIFA. Y no lo dice este humilde escriba, lo gritan los propios protagonistas: los jugadores. Mientras Gianni Infantino sigue luciendo su eterna sonrisa de vendedor de multiproductos, en Francia suena la alarma roja. El sindicato de futbolistas UNFP ha soltado un grito que debería retumbar en las paredes de la famosa torre de marfil en la que, dicen, habita el mandamás de Zúrich: “¡Detengan esta masacre!”.
Sí, leyeron bien: masacre. Porque eso, señoras y señores, es lo que está siendo el Mundial de Clubes. Estadios vacíos, calor sofocante, partidos eternos y entradas regaladas para que las cámaras no filmen butacas vacías. El espectáculo del cemento está resultando tan deprimente que la FIFA ha tenido que movilizar colegios enteros para llenar gradas, como si se tratara de una kermesse escolar.
Pero el tema es más profundo. No se trata solo de imagen, sino de cuerpos y mentes al borde del colapso. Los jugadores llevan años arrastrando calendarios imposibles, partidos cada tres días, torneos inventados y giras promocionales que parecen más desfiles de moda que compromisos deportivos. La UNFP, junto a FIFPRO, no está hablando de caprichos: denuncia que la salud física y mental de los futbolistas está en juego.
Mientras Infantino hace cálculos sobre cuántos millones más puede exprimirle al Mundial de Clubes —y, de paso, al próximo Mundial de 2026—, la realidad es que los jugadores apenas tienen tres semanas de descanso antes de volver al ruedo. ¿Resultado? Ligas nacionales devaluadas, lesiones constantes y un hartazgo que crece partido tras partido.
“Desde su torre de marfil”, dice la UNFP, Infantino mira hacia otro lado. Y es difícil no coincidir. Porque el Mundial de Clubes ha demostrado, hasta el absurdo, que para la FIFA el fútbol no es un deporte, sino un producto de venta global. Y si para vender hay que regalar entradas, mover gente de un sector del estadio a otro para las cámaras, o exprimir a los futbolistas hasta el límite, pues adelante con todo.
Pero hay algo que ni Infantino puede comprar: la credibilidad. El Mundial de Clubes está dejando claro que la FIFA ha perdido el sentido de lo que es el fútbol. El torneo se está hundiendo bajo el peso de su propia megalomanía. Y lo más alarmante es que este caos es solo el ensayo general para el Mundial 2026, que amenaza con convertirse en un monstruo aún mayor.
Reflexión final
Así que, querido Gianni, toma nota del mensaje de los jugadores franceses: detengan la masacre. Porque, aunque los Excel cuadren y las transmisiones se puedan maquillar con planos cerrados de tribunas algo más pobladas, el alma del fútbol no se compra con millones. Ni se llena un estadio con entradas regaladas si la gente ha dejado de creer en el espectáculo.
Al paso que vamos, para la final del Mundial de Clubes quizás no solo regalen entradas, sino que sorteen televisores, combos familiares y fotos con la mascota oficial, todo con tal de evitar lo inevitable: un espectáculo vacío de público… y de sentido.
