El Mundial de Clubes sin el alma y pasión por el fútbol

Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra

Hay cosas que ni los petrodólares de Qatar, ni los millones de un magnate global como Leonard Blavatnik, ni los powerpoints relucientes de Gianni Infantino pueden comprar. Una de ellas se llama pasión.

Y el Mundial de Clubes 2025 lo está dejando claro: pueden regalar entradas, pueden mover hinchas como fichas para llenar el cuadro de la tele, pueden inflar comunicados con palabras como “éxito” y “global reach”… pero no pueden fabricar lo que vibra en el corazón de un verdadero hincha.

El torneo que iba a revolucionar el planeta es, hoy, una postal de cemento vacío y sudor ajeno. Infantino prometió un Mundial de Clubes épico. Y lo es… épicamente vacío. El show empezó con partidos jugados bajo el sol de plomo de mediodía, temperaturas cercanas a 40 grados, futbolistas con calambres, entrenadores quejándose y sindicatos europeos hablando de “masacre” física y mental para los jugadores.

Mientras tanto, Blavatnik y su DAZN, que hace dos años se tambaleaba con pérdidas de más de 2.000 millones de dólares, aparecen como los grandes salvadores del fútbol global. Porque, claro, cuando la FIFA dice “asociación estratégica”, lo que en realidad dice es: “Necesitamos a alguien con billetera para maquillar los asientos vacíos.”

Y ahí entra en escena Sir Leonard Blavatnik. Magnate ucraniano, ruso, británico y estadounidense… todo a la vez. El hombre que posee Warner Music, Puerto Madero, media Londres y, ahora, los derechos globales del Mundial de Clubes. La FIFA le entregó la llave del torneo, aunque nadie se pregunte demasiado cómo un empresario vinculado durante décadas a oligarcas rusos y operaciones turbias terminó siendo el “rostro amigable” del fútbol limpio y global.

Blavatnik es dueño del 87% de DAZN. Pero con todo su emporio, no ha logrado lo más básico: que la gente quiera ir a ver estos partidos. Porque aunque regalen entradas para PSG vs. Inter Miami, aunque sorteen tickets dobles para Borussia Dortmund vs. Monterrey, los estadios siguen luciendo desiertos. Y eso es algo que ni Blavatnik, ni Infantino, ni ningún jeque puede resolver a golpe de talonario.

La pasión no se compra. Y mucho menos cuando estás ofreciendo partidos entre clubes que en muchos casos no tienen rivalidad ni historia compartida, y donde el aficionado promedio no identifica ni a la mitad de las camisetas en juego.

Infantino habla de “llevar el fútbol a todos los rincones del planeta.” Perfecto. Pero el fútbol no se “lleva” como si fuera un maletín corporativo. El fútbol se enciende donde hay historia, identidad y emoción. No basta con meterlo en estadios colosales ni en transmisiones 4K de DAZN.

El Mundial de Clubes está dejando una lección más dura que un disparo de Vinicius al travesaño: ni los millones de Blavatnik ni las piruetas de marketing de la FIFA pueden comprar pasión.

Podrán seguir regalando entradas para salvar las transmisiones de DAZN, reubicando gente en las gradas para que las cámaras no muestren cemento, o inflando comunicados sobre audiencias planetarias… pero la verdad es simple: la pasión ni se vende ni se regala. Se construye.

Reflexión final
Quizá Blavatnik logre rescatar a DAZN de sus números rojos. Quizá Infantino se felicite a sí mismo por cada acuerdo multimillonario firmado. Pero mientras los hinchas sigan desconectados y los jugadores sigan pidiendo auxilio por calendarios imposibles, el Mundial de Clubes será lo que es hoy: un festival de cemento vacío, sudor innecesario y contratos gordos.

Y que quede claro: en el fútbol, la pasión se siente o no se siente. Y por más millones que se gasten… hoy, en este Mundial de Clubes, no se está sintiendo.

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