Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Dicen que Perú es un país bendecido por la naturaleza. Lo malo es que también está gobernado por políticos bendecidos con el arte de la indiferencia. Mientras Dina Boluarte se paseaba por Francia, sonriente en el Congreso de los Océanos, aquí seguimos con petróleo chorreando por las playas y un silencio oficial tan espeso como el crudo que cubre a los delfines muertos.
La historia se repite en Lobitos, Piura. Vecinos han vuelto a denunciar un derrame de petróleo en Punta Lobos B, cerca de Las Capullanas, una de las joyas turísticas del norte. El origen, otra vez, un pozo de Petroperú, aparentemente desactivado. Pero, al parecer, los pozos de la petrolera estatal tienen la mala costumbre de seguir escupiendo petróleo… aunque les hayan colgado el cartel de “fuera de servicio”.
¿La respuesta de Petroperú?. Mover un par de cuadrillas y, según testigos, enterrar el petróleo bajo toneladas de arena. Porque ya sabemos que en el Perú, si no se ve, no existe. Y si los periodistas preguntan, pues… mejor mirar al suelo y hacer mutis.
Mientras tanto, los negocios de Lobitos —hospedajes, restaurantes, escuelas de surf— agonizan entre el olor a hidrocarburos y la cancelación de reservas turísticas. Todo esto, en una playa que hasta hace poco figuraba en folletos de Promperú como “paraíso virgen” y que ahora parece más un escenario de Mad Max, versión marina.
No olvidemos el antecedente: diciembre de 2024, cuando otro derrame en el terminal submarino de la Refinería Talara contaminó al menos cuatro playas. Delfines y tortugas aparecieron muertos. La fiscalía abrió investigación, OEFA prometió sanciones y Petroperú activó un plan de contingencia… que, como suele pasar, resultó lento, insuficiente y lleno de trabajadores sin equipos adecuados para manejar tóxicos.
Pero eso no es todo. Mientras Lobitos se ahoga en crudo, Loreto sufre su propia tragedia: derrame tras derrame en el Oleoducto Norperuano, dejando quebradas contaminadas y comunidades Awajún sin agua potable.
Eso sí, cuando se trata de defender el medio ambiente en foros internacionales, la presidenta está lista para el photo opportunity. Ahí estuvo Dina Boluarte, en el Congreso de los Océanos en Francia, hablando de la “urgencia de proteger la vida marina”. Aquí, en cambio, no suelta ni un comunicado. Y Repsol sigue caminando campante tras el megaderrame en Ventanilla, sin señales de penalidades ejemplares.
La doble moral es tan evidente como la mancha negra sobre la arena blanca. Mientras se firman acuerdos internacionales y se reparten discursos ecológicos, en casa seguimos enterrando petróleo bajo la alfombra —o bajo la arena, para ser exactos.
Reflexión final
Señora presidenta, ministros, autoridades: menos selfies en foros internacionales y más botas en la playa. Porque el Perú real no está en el PowerPoint de Promperú ni en los discursos de París. Está en Lobitos, en Loreto, en las olas manchadas de negro y en las redes rotas de los pescadores.
El petróleo puede ser negro, pero su silencio es todavía más oscuro. Y el tiempo para seguir escondiéndolo… se está acabando.
