Minería ilegal y extorsionadores ponen en jaque a Dina Boluarte

Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra

Si algo ha quedado claro esta semana es que el Perú no solo está bloqueado en sus carreteras, sino también en su destino. Los siete tramos viales cerrados a lo largo y ancho del país son mucho más que simples piedras o troncos atravesados en el asfalto. Son un campanazo ensordecedor que nos advierte que el país entero está al borde del colapso, mientras Dina Boluarte sigue en modo supervivencia, mirando el calendario y soñando con llegar, como sea, al 28 de julio de 2026.

Porque estos bloqueos no son apenas protestas locales ni rabietas regionales. Es el país poniéndose en jaque a sí mismo. Es la señal inequívoca de que los extorsionadores —los que cobran cupos, los que disparan por encargo, los que venden tierras ajenas o recursos ilegales— no solo han tomado barrios y calles, sino que ahora avanzan sobre las grandes vías nacionales. Y frente a eso, ¿qué hace el gobierno?. Nada. O peor: discursos grandilocuentes y anuncios de cifras mágicas que, en la vida real, no mueven ni un camión de cebollas.

Pataz es el epicentro de esta nueva alerta. Los ronderos han bloqueado cuatro puentes estratégicos —Mamahuaje, Raimondi, Marcos y Calemar— con un mensaje clarísimo: “Ni un gramo de oro saldrá de Pataz.” No se trata solo de proteger intereses económicos, sino de exigir revertir el Decreto Supremo 012-2025 que dejó fuera a 50 mil mineros informales, y de presionar por la Ley MAPE, pensada para regular la minería artesanal. Es la minería informal mostrando que, en estrategia y fuerza de presión, va varios pasos por delante del gobierno.

Mientras tanto, en Palacio, el gobierno sigue en modo piloto automático. La presidenta aparece para discursos llenos de épica sobre un Perú potencia y sobre el sol desplazando al dólar, como si viviera en una versión tropical de Disneylandia. Mientras tanto, aquí en el país real, nadie se da por aludido, como si gobernar fuera un hobby que se practica cuando sobra tiempo entre reuniones, Rolex y sesiones de gabinete.

Lo de Pataz no es un caso aislado. El cerco se expande como mancha de petróleo: La Libertad tiene paralizada la vía Trujillo–Agallpampa–Quiruvilca. En Nasca, la Panamericana Sur es un muro infranqueable. Arequipa ha convertido Chala y Ocoña en fortalezas. Cusco mantiene bloqueadas las vías Mara–Velille. Ayacucho ha sellado la Interoceánica. Y Juliaca amenaza con aislarse del resto del país. Cada bloqueo es una pieza más en un rompecabezas que muestra un país donde la ley se ha vuelto optativa.

Siete regiones. Siete campanazos que el Ejecutivo no parece escuchar. O peor, no parece querer escuchar. Porque el verdadero temor en Palacio no parece ser la minería ilegal, ni los puentes bloqueados, ni los 280 millones de soles que se pierden cada día, sino algo mucho más doméstico: cómo sobrevivir políticamente hasta el 28 de julio de 2026, sin ser devorados por las investigaciones sobre relojes, operaciones, incrementos de ingresos y la lista interminable de escándalos que ya se apilan en los pasillos de Palacio. Y quizá, quién sabe, calculando a qué embajada correr si la marea se pone demasiado alta.

Mientras tanto, el Perú sigue detenido, no solo en sus carreteras, sino en su rumbo. La presidenta y sus ministros han demostrado que ni tienen voluntad ni reflejos para enfrentar una crisis que crece por horas. Están atrapados en la comodidad de sus cargos, ocupados en protegerse y en narrar historias de éxito que solo existen en sus discursos. El país, mientras tanto, sigue bloqueado, con comunidades enteras hartas de esperar soluciones que nunca llegan.

Hoy son los puentes en Pataz. Mañana podrían ser las carreteras en todo el país. Porque esta no es solo una crisis de tránsito. Es el síntoma mortal de un Estado que está cediendo terreno, paso a paso, a organizaciones criminales y a protestas que ya no temen paralizar regiones enteras para hacerse escuchar.

El verdadero drama es que quien debería liderar al Perú está demasiado concentrada en su propia supervivencia política, como si todo esto no fuera con ella. Y en el Perú de hoy, parece que la única estrategia de gobierno es rezar para que pase la tormenta… mientras el país entero se sigue bloqueando.

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