Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Human Rights Watch lo gritó al mundo: el Perú está coqueteando con el título de Estado fallido. No lo decimos los pesimistas ni los aguafiestas, lo dice una organización que no suele gastar tinta en alarmismos gratuitos. Mientras tanto, en Palacio y en el Congreso, parece que siguen convencidos de que basta con discursos huecos y fotos oficiales para mantener la ilusión de que aquí todo está en orden. Noticias: no lo está.
El diagnóstico es brutal. Diez razones —¡diez!— nos advierten por qué estamos caminando directo hacia el despeñadero institucional. Leyes hechas a medida para blindar a políticos cuestionados, reformas judiciales que en lugar de fortalecer la justicia la convierten en un mercado persa, y un Congreso que parece un club exclusivo dedicado a sus propios intereses antes que al país. Esa es nuestra triste postal.
Mientras tanto, Dina Boluarte sigue gobernando en modo “salvar el pellejo”. Su gestión se ha convertido en un mar de comunicados insulsos, silencios sospechosos y ministros decorativos cuya función parece ser aplaudir en cada ceremonia protocolar. No hay reformas profundas, no hay política de Estado, no hay visión de futuro. Todo es apagar incendios. Y el fuego se está extendiendo.
La inseguridad avanza. Las mafias extorsionan hasta al vendedor de papas fritas de la esquina. El narcotráfico se filtra en regiones y campañas políticas. Las regiones reclaman inversión, pero siguen mendigando obras a medio construir. La educación, la salud y la justicia están en cuidados intensivos. Y en medio de todo, nuestros ilustres congresistas se dedican a pelearse por cuotas de poder, repartirse comisiones y legislar para salvar sus propios pellejos.
Pero la cosa no termina ahí. El informe revela que estamos generando leyes que, en lugar de enfrentar la corrupción y el crimen organizado, terminan haciéndoles el trabajo más fácil. Blindajes legales, nombramientos a dedo, presupuestos aprobados para beneficiar a redes políticas. Aquí, mientras más poderoso eres, más lejos estás del alcance de la justicia. Y si por azar del destino terminas investigado, siempre queda el Congreso para cubrirte las espaldas.
Mientras tanto, Dina se pasea por el mundo, hablando de democracia, cambio climático y desarrollo sostenible. Qué ironía. Porque aquí, en su propio país, se están derrumbando los cimientos institucionales. Si todo sigue así, no habrá océano Atlántico que alcance para lavar la mala imagen de un Perú que parece decidido a devorarse a sí mismo.
Perú está convertido en un gigantesco teatro donde cada quien interpreta su papel para las cámaras, mientras el guion real es el desmoronamiento institucional. Y mientras la gente paga la entrada —en impuestos, en sobrecostos, en inseguridad y en frustración— nuestros actores políticos parecen creer que con aplausos fingidos basta para mantener el espectáculo en pie.
Reflexión final
La advertencia está sobre la mesa. El informe de Human Rights Watch no es una novela ni un guion de ciencia ficción. Es la fotografía más cruda de un país que está permitiendo que su democracia se hunda lentamente. Y lo más peligroso es que a estas alturas ya ni siquiera parece escandalizarnos. Que seamos nosotros mismos quienes observamos en silencio cómo Perú camina hacia ser un Estado fallido, podría ser la mayor de todas las tragedias.
Fuente: Basado en información de Human Rights Watch 2025
