Cada año, como un ritual que nadie pidió pero todos padecen, Lima se paraliza por amor al espectáculo militar. Mientras las autoridades saludan con solemnidad desde tribunas blindadas, los ciudadanos hacen malabares para llegar a trabajar, estudiar o simplemente moverse. La avenida Brasil —una arteria vital— se convierte en pasarela de uniformes, tanques y discursos huecos. En nombre de la patria, el Estado castiga al pueblo con embotellamientos, recortes y caos. Y todo con una frialdad que ya no sorprende, solo indigna.
Desde mediados de julio, la ciudad vive el preámbulo del colapso: estrados que brotan como hongos, vías clausuradas sin previo aviso, obras detenidas, ruido constante y policías desbordados intentando ordenar lo imposible. Es una película que ya vimos, pero que se repite sin que nadie cuestione el guion. La parada militar —tan defendida por algunos nostálgicos del autoritarismo— se impone sobre el bienestar de millones de limeños que no tienen ni voz ni voto sobre dónde debería hacerse.
¿Y por qué la avenida Brasil? ¿Por qué no usar el antiguo aeropuerto de Limatambo, vacío y sin función? ¿Por qué no descentralizar el evento y acercarlo a otras regiones? La respuesta es simple: porque aquí la costumbre pesa más que la lógica, y la estética del poder se impone al sentido común. Porque al político peruano promedio le encanta posar frente a las cámaras, rodeado de uniformes, con el pecho inflado aunque el país se esté hundiendo.
En Jesús María, Pueblo Libre, Breña y Magdalena, los vecinos se resignan a vivir con la angustia de no saber si llegarán a tiempo al trabajo o si podrán cruzar una calle sin ser desviados cinco cuadras. Mientras tanto, el Estado organiza el desfile con la precisión de un reloj suizo… para todo menos lo urgente: salud, educación, seguridad, justicia.
Y es que esta Parada no solo interrumpe el tránsito. También simboliza la desconexión brutal entre un aparato estatal que vive para sí mismo y una población que sobrevive como puede. Los mismos que desfilan en fila perfecta no marchan cuando hay huelgas médicas, crisis en la educación o masacres ambientales en la Amazonía. Pero eso sí: están siempre listos para el desfile, aunque el país esté en llamas.
La Parada Militar es hoy el desfile del absurdo: pompa en medio de la precariedad, marcialidad en medio del desgobierno. No es un homenaje a la patria, sino una postal distorsionada del país que fuimos y no somos. Una nación no se defiende con bayonetas frente a estrados, sino con políticas públicas que prioricen a la ciudadanía. Pero aquí preferimos aplausos antes que planificación, tradiciones antes que eficiencia, tanques antes que transporte.
Reflexión final
Si de verdad amaran al Perú, harían el desfile en un lugar donde no interrumpa la vida de nadie. Pero no. Prefieren mostrar poder que servir. Mientras el tráfico asfixia, los escolares llegan tarde y los hospitales siguen colapsados, la banda suena fuerte y los uniformes relucen. La verdadera Parada que necesita el Perú es la del cinismo político. Esa sí que debería tener fecha, hora y punto de partida. Y no tendría retorno.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
