En un país donde millones apenas sobreviven con lo justo, donde las ollas comunes son más comunes que la justicia, una directiva presidencial ha decidido ponerle la cereza al pastel de la indignación: Dina Boluarte podrá recibir regalos sin límite de valor. Así es. Ni el Inca Atahualpa se atrevió a tanto. Mientras el pueblo cuenta centavos, la presidenta podrá contar joyas, relojes, bolsos de diseñador y quién sabe qué más… porque todo entra en la bolsa de la “cortesía institucional”.
Y si usted pensaba que esto era un sketch JB, no, es el Perú de 2025: tan real como las 120 mil hectáreas arrasadas por minería ilegal, tan indignante como el silencio de la Contraloría, y tan grotesco como la aprobación del 2% que aún conserva Boluarte. Es el país de las maravillas, pero al revés.
La Directiva 004-2025, aprobada exprés por el despacho presidencial, permite a Dina Boluarte aceptar regalos sin límite de valor. Porque, claro, ¿quién necesita límites cuando ya se perdieron todos los éticos?. La norma, calificada de inconstitucional por abogados y exministros, contradice dos leyes fundamentales: la Ley de Ética en la Función Pública (27815) y la Ley de Gestión de Intereses (28024), que prohíben tajantemente la aceptación de dádivas personales por parte de funcionarios. Pero, aparentemente, cuando se trata de Palacio, la legalidad es un asunto opcional.
Luis Lamas Puccio lo dijo claro: los regalos son formas encubiertas de corrupción. Y si vienen bien envueltos, mejor. Jorge del Castillo también lo advirtió: esto no es protocolo, esto es cohecho envuelto en papel brillante. Y como si fuera poco, Luis Gonzales Posada bautizó la norma como “la ley de la angurria”. Con ese título, ya debería tener su propio reality show.
Y mientras tanto, ¿dónde está la Contraloría?. ¿Y la Fiscalía?. ¿Y el Congreso?. Este último, por cierto, con 92% de desaprobación según la última Encuesta de Gerentes Generales, probablemente está muy ocupado blindando a otros miembros del club de los regalos. Porque aquí nadie cuestiona el fondo: el Estado peruano se gobierna como un feudo, donde el monarca puede aceptar joyas, y el pueblo, resignarse.
La excusa, como siempre, será la “institucionalidad”. Que si el regalo es para la presidencia y no para la persona. Que si no hay coima, sino cortesía. Que si el bolso de diseñador es una expresión de afecto diplomático. Pero ni el Código Penal ni las normas internacionales de anticorrupción aceptan esa narrativa. Y peor aún, el mensaje a la ciudadanía es devastador: mientras te exigen pagar impuestos, la presidenta puede aceptar lo que quiera, como quiera y de quien quiera.
El verdadero regalo aquí no es un reloj suizo ni una joya de oro: el verdadero obsequio es la impunidad. La directiva ha sido confeccionada a medida para legalizar lo ilegítimo, y para transformar la ética pública en una burla oficial. Todo mientras el país se cae a pedazos y los ciudadanos reciben migajas de justicia, salud y educación.
Señora Boluarte, no se trata de la bolsa que recibe, sino del vacío que deja. Porque cada regalo aceptado sin límites es una bofetada a los principios, una muestra más de que la función pública se ha convertido en propiedad privada. Y si el Congreso y la Fiscalía no actúan, la historia se encargará de registrar esta vergüenza con letras doradas… como los accesorios que ahora podrá recibir legalmente.
Reflexión final
El Perú no necesita más normas disfrazadas de legalidad, ni más presidentes adornados de privilegios. Necesita decencia, coherencia y, sobre todo, memoria. Porque algún día, cuando se repase este capítulo, quedará claro que el mayor regalo que se hizo Boluarte no fue un objeto… sino el silencio cómplice de todo un sistema.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
