Quedó demostrado que Estados Unidos no tiene pasión por el fútbol

Estados Unidos ha decidido convertirse en la capital mundial del fútbol… sin tener fútbol. Sí, puede organizar un Mundial, una Copa América, un Mundial de Clubes, y hasta una “Champions Intergaláctica” si la FIFA se lo pide. Pero hay una cosa que no puede importar ni producir en masa: la pasión. Y el Mundial de Clubes 2025 fue la radiografía más brutal de este amor no correspondido. Porque cuando ni Messi, ni Infantino, ni Blavatnik logran llenar las tribunas, ya no hay maquillaje que oculte el fracaso.

Soccerlandia y la industria del cemento vacío. Estados Unidos lleva décadas intentando vendernos que el “soccer” es el futuro. Primero trajeron a Pelé y Beckenbauer, luego organizaron un Mundial en el 94, fundaron la MLS, y empezaron a importar estrellas en retiro como si fueran souvenirs de lujo. Luego llegó Beckham, después Zlatan, y ahora Messi. ¿El resultado?. Selfies, camisetas vendidas… y estadios semivacíos apenas el calendario de la NFL entra en escena.

El Mundial de Clubes 2025 lo dejó todo claro: butacas vacías, partidos sin atmósfera, tribunas grises disfrazadas con lonas publicitarias y un público más interesado en su combo de nachos que en el resultado del partido. ¿El plan de emergencia de la FIFA?. Regalar entradas como si fueran volantes de pizzería, ubicar al público estratégicamente para salvar la transmisión de DAZN y repetir en loop que “todo es un éxito”.

Pero no, no lo es. Y el problema no es de Messi ni de los clubes. El problema es que Estados Unidos no vibra con el fútbol. Lo consume como un espectáculo más, sin sangre ni corazón. Lo compra, pero no lo siente. Lo empaqueta, pero no lo entiende. No hay cánticos, no hay nervios, no hay lágrimas. Solo cemento, luces LED y discursos de cartón.

Y lo peor está por venir. Porque si esto fue el ensayo, el Mundial 2026 es la función principal. Con 48 selecciones, decenas de estadios, miles de kilómetros de desplazamiento, restricciones migratorias, visas imposibles y protocolos absurdos. Hinchas de Irak, Senegal, Bolivia o Uzbekistán tendrán que sortear embajadas, scanners, aduanas y algoritmos de seguridad antes de siquiera pensar en entrar a un estadio. ¿Y si no llegan?. Bueno, siempre se podrán regalar más entradas para que las cámaras no enfoquen asientos vacíos.

La FIFA quiere vender pasión embotellada. Infantino puede repetir mil veces que el fútbol es global. Puede abrazar a Blatter en modo redención, puede firmar contratos con DAZN o con Disney. Pero la pasión no se imprime en una entrada ni se transmite en 4K. El fútbol no es un producto premium, es una identidad. Y Estados Unidos no la tiene.

Si la FIFA sigue confundiendo infraestructura con cultura, seguirá organizando festivales sin alma. Mundiales que parecen convenciones. Partidos que se oyen en silencio. Porque el cemento no grita goles.

Reflexión Final: Se viene el Mundial 2026, el más caro, largo y frío de la historia. Y si el fútbol no prende en el corazón de quienes lo acogen, será un monumento al absurdo: un Mundial sin hinchas verdaderos, con restricciones migratorias, estadios apagados y pasión envasada al vacío.

Ya lo vimos en el Mundial de Clubes. Y si nadie toma nota, lo volveremos a ver… pero en 48 idiomas.

Edwin Gamboa, funadador de la Caja Negra

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