La escena parece sacada de una tragicomedia nacional: mientras miles de patrulleros y vehículos operativos de la Policía Nacional del Perú (PNP) agonizan en talleres o descansan como chatarra institucional, los altos mandos de nuestras fuerzas del orden circulan con orgullo en Audi Q5, Honda Pilot y Volkswagen Jetta modelo 2025. Porque si el Perú se encuentra en emergencia, al menos que la élite policial y militar llegue con estilo a mirar cómo se incendia el país.
Sí, en un país donde el crimen organizado gobierna más barrios que el propio Ejecutivo, la delincuencia extorsiona al bodeguero de la esquina y la presidenta Dina Boluarte sobrevive políticamente solo para llegar al 28 de julio de 2026, el Estado decidió que la prioridad es equipar de lujo a quienes no patrullan ni intervienen, pero sí firman memorándums.
Según el Observatorio Nacional de Seguridad Ciudadana del Ministerio del Interior, más de 8,000 vehículos policiales están inoperativos. Pero, lejos de invertir en logística para frenar la criminalidad desbordada, la PNP prefirió desembolsar S/1’606,672 para adquirir ocho camionetas Audi Q5 para sus tenientes generales. Cada una cuesta S/194,081 y están destinadas al “uso personal y exclusivo”. De operativo, poco. De exclusivo, todo.
Y no se trata de una excentricidad policial aislada. El Ejército también entró al pitazo inicial del lujo: cuatro camionetas Honda Pilot EXL AWD 2025 —traídas de EE.UU.— fueron adquiridas a un costo total de S/1’016,246, según Perú21. La justificación oficial: “mejorar la movilidad del alto mando” y “renovar la flota de ocho años de antigüedad”. Todo muy práctico, claro, si ignoramos que muchas unidades operativas del país ni siquiera tienen llantas.
La Fuerza Aérea, por su parte, se llevó el primer puesto del derroche con 36 Volkswagen Jetta Trendline 2025 por S/3’731,688, según la misma fuente. ¿Su destino? Los coroneles de la institución. ¿El beneficio adicional? Cuando se jubilen, podrán comprarlos a precio de remate, por depreciación. La política pública del “úsalo, lúzcalo y luego cómpralo”.
Mientras tanto, en las calles, el Perú se hunde entre balaceras, extorsiones, sicariato y minería ilegal que ha puesto en jaque al gobierno. A los ciudadanos no se les otorgan blindados, sino blindajes improvisados: rejas oxidadas, alarmas que nadie responde y una fe cada vez más desgastada. Pero eso sí: el alto mando llega siempre puntual… en Audi.
El exministro de Defensa Jorge Chávez Cresta lo dijo claro: “Si te está faltando presupuesto para varias cosas, no voy a comprar una Honda o un Lexus”. Lamentablemente, su advertencia no alcanzó a quienes hoy están al volante de esas mismas camionetas.
En un país sin norte ni timón, donde la presidenta parece gobernar desde el silencio y el crimen desde los callejones, el presupuesto público sigue priorizando el confort de los que miran, no de los que actúan. Las camionetas de lujo no resolverán los secuestros en Trujillo ni frenarán las mafias que toman el control de regiones enteras. Solo demostrarán, una vez más, que aquí el poder se mide en caballos de fuerza… y en desprecio a la urgencia nacional.
El lujo rodante de nuestras instituciones armadas es una metáfora perfecta del Perú actual: luces encendidas, motores rugientes, dirección incierta. ¿Y el pueblo?. De copiloto, sin frenos y con el cinturón roto.
Reflexión final
A medida que los ciudadanos viven sitiados por la extorsión y la violencia, los altos mandos se pasean como si nada, blindados no por estrategia sino por privilegio. No es solo una compra innecesaria; es una declaración de prioridades. Porque mientras el país se desangra, el Estado afina el aire acondicionado.
En el Perú, la guerra contra el crimen no se combate. Se observa… desde la comodidad de un Audi.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
