En el Perú, hay dos certezas inquebrantables: la banca siempre gana y el cliente, por más que madrugue, ya está endeudado antes de abrir los ojos. Porque aquí no hace falta firmar, solicitar o siquiera estar despierto para que un préstamo aparezca mágicamente a tu nombre. Basta con que pierdas el celular y, ¡voilà!, tu cuenta bancaria se convierte en campo de entrenamiento para hackers, negligencias y algoritmos bancarios insaciables.
Y cuando todo está perdido, aparece el Indecopi —esa entidad que a veces, solo a veces, recuerda que su rol no es decorativo— y sanciona a los poderosos con cifras que a ellos les duelen tanto como un zumbido de mosquito: S/ 283 mil para Scotiabank, el banco protagonista de esta nueva historia de terror financiero.
Scotiabank, uno de los bancos más grandes del país, ha sido multado por atribuir préstamos que sus clientes jamás solicitaron y por no implementar medidas mínimas de seguridad en su propio sistema. El caso es tan absurdo como indignante: a una persona le roban el celular, bloquea la línea, el aplicativo, las cuentas… y aún así, el banco le aprueba un crédito de S/ 33,700 a través de una cuenta Bfree que él nunca pidió. ¿La cereza sobre el pastel? Transacciones no reconocidas por más de S/ 17,000. ¿Y el banco?. Silbando bajito, como si nada.
Otro cliente fue “beneficiado” con un préstamo de S/ 100,000 y operaciones sospechosas que nunca activaron alertas, a pesar de ser completamente ajenas a sus hábitos de consumo. Porque, claro, en un país donde los algoritmos bancarios son más hábiles para cobrar comisiones que para detectar fraudes, la culpa siempre recae sobre el consumidor. “Debe ser su culpa por no ser más vigilante”, pensarán algunos desde sus oficinas climatizadas.
La sanción de Indecopi suma 52.92 UIT, es decir, S/ 283,122. Un monto que, para una entidad como Scotiabank, es básicamente lo que gasta en papel higiénico institucional en un trimestre. Es la típica “sanción ejemplar” que parece diseñada más para aplacar la indignación ciudadana que para cambiar realmente la conducta del infractor. Porque el sistema está hecho así: el cliente reclama, el banco demora, el proceso se alarga y, al final, cuando se impone la multa, la prensa ya se ha olvidado del escándalo.
Y no nos olvidemos del silencio ensordecedor del Estado. ¿Dónde está la presidenta Dina Boluarte?. ¿Dónde el Congreso?. ¿Dónde las instituciones encargadas de supervisar el sistema financiero?. Todos parecen estar más preocupados por sus sueldos, bonos, gollerías y escándalos personales que por el hecho de que un banco pueda endeudarte sin tu consentimiento y salir casi ileso.
Esta historia no es una excepción. Es un síntoma. El síntoma de un sistema financiero que opera sin contrapesos reales, con entidades que priorizan ganancias sobre ética, y donde la justicia financiera llega tarde, suave y sin mucha convicción. Scotiabank fue sancionado, sí. Pero nadie devolverá las horas de angustia, la pérdida de confianza, ni el daño emocional de quienes fueron víctimas de estos abusos.
Y mientras los bancos ganan —porque siempre ganan— los ciudadanos seguimos caminando por la cuerda floja de un sistema que puede endeudarte sin tu autorización y luego decirte que todo está bajo control. Como si el respeto al consumidor fuera un lujo opcional, y no un principio inquebrantable.
Reflexión final
En un país serio, este tipo de casos detonaría investigaciones parlamentarias, cambios legislativos y pedidos de disculpas públicas. En el Perú, apenas si se vuelve tendencia unas horas en redes. Y así seguimos: el ciudadano como rehén del sistema, el banco como intocable, y el Estado como cómplice por omisión. Pero no nos confundamos: no es que el Estado no pueda intervenir. Es que, simplemente, no le interesa.
Edwin Gamboa, fundador de la caja Negra
