En el juego del poder, Gianni Infantino lleva la pelota, pone las reglas y decide cuándo empieza el partido. Pero esta vez, algo cambió. El árbitro no vino de la FIFA, sino del vestuario: FIFPro, el sindicato internacional de futbolistas, acaba de sacarle tarjeta roja al presidente más marketinero de la historia del fútbol. Y lo hizo sin rodeos, sin maquillaje y con una claridad que duele: Infantino está matando el alma del fútbol por millones.
El modelo Infantino no se basa en pasión ni en fútbol. Se basa en Excel. En gráficos, métricas, slogans vacíos y megaproyectos de cartón. Pero los jugadores, que son los que se rompen el alma en la cancha, están hartos. Así lo dejó claro FIFPro tras una reunión con 58 sindicatos del planeta fútbol: la FIFA es una maquinaria que ignora la salud de los jugadores y desprecia su voz.
¿Las pruebas?. El reciente Mundial de Clubes, jugado en condiciones climáticas inhumanas, con partidos a pleno mediodía como si el calor no existiera. Gradas vacías, entradas regaladas, cemento en lugar de hinchas. Y mientras tanto, Infantino sonriendo desde un palco, vendiendo humo en nombre del «crecimiento global».
FIFPro fue contundente: la FIFA impone calendarios absurdos, multiplica los partidos, ignora el descanso físico y mental, y margina a quienes hacen posible el espectáculo. Y no lo decimos nosotros, lo dicen los sindicatos que representan a miles de futbolistas en todo el mundo. La crítica no es simbólica, es estructural: la FIFA ha dejado de gestionar el fútbol y se ha convertido en una maquinaria de eventos desalmados.
El presidente de FIFPro, Sergio Marchi, lo dijo sin anestesia: “Es perverso programar partidos al mediodía con ese calor. ¿Qué esperan?. ¿Una tragedia?”.
Y no exagera. Porque la lógica Infantino es simple: si el producto se vende, da igual si los jugadores revientan en la cancha. Da igual si hay una lesión cada dos partidos. Da igual si los fans se desconectan emocionalmente. Lo único que importa es que el gráfico de ingresos suba. Todo es negocio. Todo es número. Nada es humanidad.
La FIFA, por supuesto, respondió con su clásico tono de victimismo ejecutivo: «nos duele el tono divisivo», «FIFPro busca confrontación pública», «hemos ofrecido 72 horas de descanso y vacaciones obligatorias». ¿En serio?. ¿72 horas de descanso como si fueran empleados de oficina?. ¿Vacaciones obligatorias en un calendario que se parece más a un castigo que a una planificación?.
FIFPro no cayó en la trampa. En su comunicado dejó claro que el fútbol no puede hablar de nueva era si ignora los abusos y desigualdades que lo atraviesan. Basta de fingir que el fútbol mejora porque se vendieron 6 millones de entradas. Porque si esas entradas son para ver partidos en estadios vacíos, con jugadores al límite y sin alma, el negocio no vale nada.
Infantino está acorralado. Por fin alguien en el mundo del fútbol ha tenido el coraje de decirle lo que todos piensan pero callan: que su modelo corporativo, insensible y arrogante está destruyendo la esencia del deporte. Que no todo se compra con patrocinadores. Que los futbolistas no son piezas descartables. Que el fútbol no se gobierna desde una sala de conferencias con catering de lujo.
La rebelión ha comenzado. Y no viene de los políticos del fútbol ni de los burócratas de traje caro. Viene de los jugadores. De los que sienten el dolor, el cansancio, el sudor. De los que saben que este deporte vale más por lo que hace latir un corazón que por lo que infla una billetera.
Reflexión final:
El fútbol está en un punto de quiebre. FIFPro ha puesto el dedo en la herida y ha dejado a Infantino en fuera de juego. No se trata de capricho sindical, se trata de dignidad profesional, de salud física y mental, de respeto humano.
Porque el fútbol no se salva con megatorneos, ni con discursos motivacionales en Qatar, ni con promesas vacías. El fútbol se salva cuando se escucha a los que lo juegan, no a los que lo exprimen.
Y hoy, esa voz viene del vestuario.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
