INDECOPI solo amonestó y no multó a Tottus, Scotiabank y Metro

¿Quién necesita autorización para endeudarse cuando el sistema lo hace por usted?. En el Perú del 2025, perder tu tarjeta es apenas el comienzo de una comedia absurda —o mejor dicho, una tragedia moderna— donde bancos, supermercados y ópticas ejecutan operaciones sin verificar ni una sola firma. Y lo mejor de todo: nadie es sancionado con severidad. Una amonestación por aquí, un “no vuelva a hacerlo” por allá y el espectáculo continúa. Eso sí, si usted se atrasa un día en pagar su cuota, el banco sí lo llama siete veces antes de las 10 a.m.

Indecopi, tras un largo sueño invernal, ha decidido abrir un ojo. Y al parecer, encontró que en septiembre de 2023, una ciudadana sufrió el robo de su tarjeta de crédito Scotiabank. En solo tres horas, ya habían vaciado su crédito en Metro, Tottus y GMO. Siete operaciones no reconocidas y ninguna verificación de firma o DNI. Porque aquí, validar la identidad es un detalle irrelevante cuando el sistema está diseñado para siempre favorecer al proveedor.

La historia es tan kafkiana que parece escrita por un guionista de humor negro: la víctima denuncia el robo, el banco bloquea la tarjeta tres horas después (¡eficiencia peruana, cómo no!) y mientras tanto, S/ 15,616 volaron en compras que ella nunca autorizó. Pero no se preocupen, todo tiene solución: Scotiabank fue “amonestado”. Sí, esa palabra suave, casi maternal, que suena más a reprimenda escolar que a castigo ejemplar.

Y no estuvieron solos. Las cadenas Tottus, Metro y GMO también participaron con entusiasmo en esta cadena de irresponsabilidades: ventas sin verificación, cobros a la cuenta de una persona que no estaba presente, y una total omisión de lo que cualquier cajero básico debería saber: pedir DNI y comparar firmas.

Tottus permitió una compra de casi 5 mil soles, Metro otras dos, y GMO se despachó con S/ 1,318 en productos ópticos. Ninguno verificó nada. Pero claro, como los involucrados aceptaron la culpa a tiempo —quizá para ahorrarse el trámite— el Indecopi, siempre generoso, optó por no poner multas económicas. En lugar de sancionar con firmeza, aplicó una amonestación colectiva, como si estuvieran reprimiendo a escolares por copiar en un examen.

Y mientras tanto, en la trastienda del país, la presidenta Dina Boluarte permanece en silencio. El Ejecutivo no dice ni pío. El Congreso está ocupado en otras prioridades más “urgentes” —como blindarse mutuamente o aprobar leyes exprés para sus propios beneficios— y la ciudadanía, nuevamente, queda expuesta a un sistema que responde con lentitud, suavidad y cero contundencia ante los atropellos financieros.

Porque, al parecer, aquí todo se puede tercerizar: incluso tu seguridad bancaria. ¿Tu firma?. No importa. ¿Tu consentimiento?. Detalle menor. ¿Tu dinero?. Ya no es tuyo, es parte del margen de ganancia de alguien más.

La resolución del Indecopi no es justicia, es trámite. Una amonestación no repara el daño, no genera precedentes contundentes y no disuade a nadie. Las empresas seguirán actuando igual mientras el costo de la negligencia siga siendo simbólico. En este ecosistema de impunidad elegante, el cliente siempre pierde. Pierde su tarjeta, su dinero, su tiempo, y sobre todo, su fe en un sistema que debería protegerlo.

Y lo más indignante es que esta no es una excepción. Es una mecánica repetida. Los bancos siguen ganando, las tiendas siguen cobrando, el Estado sigue mirando. Y el consumidor, siempre último en la fila, se queda con la factura del abuso.

Reflexión final
No hay democracia sin protección al consumidor. No hay justicia si el sistema financiero y comercial puede actuar con impunidad, con apenas un jalón de orejas como castigo. Esta historia, aunque pequeña, es un espejo de un país más grande, más caótico y más injusto, donde los derechos existen solo si uno tiene cómo reclamarlos… y la paciencia para esperar que alguien, en algún escritorio, decida que merece ser escuchado.

Mientras tanto, recuerde: en Perú, perder la tarjeta puede salir más caro que perder la fe. Porque aquí, la culpa nunca es del sistema. Es suya, por no prever que, incluso sin usted, su dinero tiene una vida propia.

Por Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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