Conforme se acerca abril de 2026, fecha marcada para las próximas elecciones generales en el Perú, una pregunta incómoda vuelve a asomarse: ¿quién será el próximo presidente o presidenta que nos gobernará… o desilusionará?. La última encuesta de CPI ha encendido las alarmas —o las esperanzas—: el 50% de los jóvenes entre 18 y 24 años aún no decide su voto, y se estima que 2.6 millones de ellos votarán por primera vez. Es, sin duda, una cifra decisiva. Pero también es una carga histórica. Porque en sus manos podría estar la posibilidad de iniciar una transición real… o de firmar otro capítulo del mismo guion decadente.
Lo que esta encuesta revela no es solo la indecisión del electorado joven. Revela, sobre todo, la anemia crónica de la política peruana, incapaz de generar liderazgo, emoción o, al menos, una propuesta coherente.
En la cima de las “preferencias” están Keiko Fujimori (9.7%) y Rafael López Aliaga (8.9%), ambos ya conocidos, ya derrotados, ya juzgados por la opinión pública. A ellos se suman nombres como Carlos Álvarez, Vladimir Cerrón, César Acuña y otros rostros reciclados o fugados. Es decir, una lista que parece más un archivo judicial que una boleta electoral. La democracia, al parecer, se volvió a quedar sin candidatos, y el país, sin opciones viables.
¿Qué mensaje se le está enviando a los jóvenes?. Que su voto es vital, pero que deberán escoger entre lo mismo de siempre. Entre el autoritarismo nostálgico, el populismo moralista, el caudillismo farandulero y la impunidad de siempre. ¿Y luego queremos que participen, que crean, que apuesten?.
El riesgo de repetir el pasado con nuevos rostros. Desde la elección de Ollanta Humala en 2011, el voto del sur y del interior ha sido decisivo. Pero no porque se haya empoderado políticamente, sino porque ha sido, una y otra vez, usado como trampolín para candidatos sin proyecto y sin convicciones. El voto joven, ahora, tiene ese mismo dilema. Puede convertirse en bisagra del cambio o en cómplice inconsciente de la continuidad.
El problema no es solo quién lidera las encuestas. Es que, como señala CPI, no hay un solo candidato que supere el 10% entre los jóvenes. Esa ausencia no es solo un dato estadístico: es una señal del colapso del vínculo entre política y ciudadanía. La democracia, en este país, dejó de ser una promesa; ahora es un trámite obligatorio.
Entre la trampa del «mal menor» y la oportunidad del voto informado. En las elecciones de 2021, Pedro Castillo pasó a segunda vuelta con apenas 2.7 millones de votos. Hoy, con 2.6 millones de nuevos votantes jóvenes en juego, el futuro político del país podría definirse por una generación que creció viendo a sus expresidentes ser encarcelados, vacados o investigados. No es una exageración: es un dato histórico.
Si los jóvenes votan mal —o no votan— el país podría repetir el ciclo de promesas rotas, caudillos fugaces y congresos destructivos. Pero si votan con memoria, con análisis, con ética, entonces quizás se empiece a construir algo distinto. No perfecto. No milagroso. Pero distinto.
Porque, al final, el voto joven no puede salvar al país si los adultos siguen empeñados en hundirlo. Pero sí puede detener la caída libre. Y eso, en el Perú de hoy, ya sería un acto heroico.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
