Mensaje de 28 de julio: El Perú volvió a perder la esperanza

El 28 de julio llegó como cada año. El Congreso se llenó de solemnidad impostada, ministros sonrientes, trajes bien planchados y una presidenta lista para pronunciar un discurso… que no dijo absolutamente nada. En lugar de un mensaje a la Nación, recibimos un eco institucional: largo, disperso, sin visión, sin plan, sin alma. Y eso, en medio del caos que vive el Perú, es casi un crimen de Estado.

Dina Boluarte tuvo una oportunidad histórica: reivindicarse frente al país con propuestas, acciones concretas y visión de Estado. Podía asumir, por una vez, el liderazgo que exige su investidura. Podía hablar con verdad, con responsabilidad, con altura. Pero no. Prefirió seguir navegando en el mar de la ambigüedad, entre cifras frías y frases vacías. Perdió la ocasión —probablemente la última— de mirar al país a los ojos y ofrecer algo más que inercia. Y eso es tan simbólico como devastador.

Un mensaje para olvidar (y para sospechar). Los peruanos no esperaban milagros, pero al menos exigían algo de decencia política. ¿Qué recibieron?. Una lista de logros reciclados, omisiones escandalosas, y la ausencia total de autocrítica. Ni una palabra sobre las víctimas de la represión, ni un anuncio real para frenar la delincuencia desbordada, ni un atisbo de estrategia frente al colapso del sistema de salud, el hambre infantil o el desgobierno en regiones tomadas por el crimen.

El país está literalmente sitiado por bandas criminales, jaqueado por la minería ilegal, con hospitales en ruinas, escuelas abandonadas, niños con anemia, madres sin justicia y regiones sin Estado. ¿Y qué ofrece Boluarte?. Más de lo mismo. Un mensaje que, lejos de ser esperanzador, resultó desesperanzador. No solo no trajo soluciones; sembró más incertidumbre. Como si la presidenta desconociera la dimensión del abismo que pisa, o peor aún, creyera que con disimulo puede seguir posponiendo lo inevitable.

Su discurso no fue una hoja de ruta, sino una evasiva constante. No trazó futuro, ni propuso reformas estructurales. Pareció más una declaración de supervivencia política que un acto de liderazgo. La prioridad fue clara: llegar al 28 de julio de 2026 como sea, aunque el país llegue en ruinas.

De presidenta a sobreviviente. Dina Boluarte no solo pasará a la historia como la presidenta más impopular del Perú; hoy ostenta, con méritos propios, el rótulo de ser posiblemente la mandataria más impopular del planeta, con niveles de respaldo que rozan la inexistencia. Su capital político es tan bajo, que ni siquiera podría fugarse por la puerta grande si quisiera. Y aun así, se aferra al cargo como si todo estuviera bajo control.

Pero el Perú no está bajo control. El Perú está en piloto automático, y no precisamente rumbo a un aterrizaje suave. El Perú está a la deriva, secuestrado por mafias, paralizado por el miedo, resignado al abandono. Y mientras tanto, su presidenta administra el silencio y sobrevive a base de oxígeno prestado por el Congreso, ese que tampoco respira democracia ni dignidad.

Que el Ejecutivo, el Legislativo y el resto de instituciones se deslicen hacia el descrédito total no es casualidad. Es el resultado de años de impunidad, clientelismo, improvisación y cálculo mezquino. Pero el mensaje presidencial del 28 de julio selló algo más profundo: la desconexión total entre el poder y la ciudadanía. La población ya no escucha a sus autoridades. Y lo peor: ya no espera nada de ellas.

Un país que ya no cree. Mientras Boluarte hablaba, en las calles y redes sociales, los peruanos ya daban su veredicto: el mensaje no emocionó, no aclaró, no resolvió. Solo confirmó el naufragio. No hay estadista. No hay plan. No hay liderazgo. Lo que hay es una figura solitaria en Palacio que dice gobernar un país que ya no le cree. Y que, si algo representa hoy, es el síntoma más claro del agotamiento político.

En una democracia funcional, un mensaje así sería motivo de censura, indignación o, al menos, debate. En el Perú de hoy, fue apenas una anécdota más, un trámite, una demostración de que el poder se ejerce por inercia y no por convicción. Porque cuando una presidenta no logra ni inspirar ni reformar ni proponer ni unir, solo queda esperar el golpe seco de una crisis mayor.

Reflexión final
El país no necesita discursos. Necesita decisiones. Necesita liderazgo, ética, políticas públicas reales. Y si quienes gobiernan no están a la altura, deben reconocerlo y pedir ayuda. Ya no basta con sobrevivir. Hay que gobernar o dejar gobernar.

Dina Boluarte tenía en sus manos una oportunidad histórica para cambiar el rumbo, para recomponer algo del vínculo roto con la ciudadanía. Pero eligió la inacción. El Perú, mientras tanto, sigue cayendo por el precipicio. Y el mensaje presidencial del 28 de julio fue solo el eco hueco de esa caída.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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