En un país donde la planificación es ciencia ficción y el turismo es tratado como si fuese un lujo innecesario, Machu Picchu —sí, esa joya que nos puso en el mapa global— hoy sobrevive a codazos, colas y decisiones ministeriales dignas de museo. Desde el primero de agosto de 2025, el Estado peruano implementó un modelo “híbrido” para vender boletos a la ciudadela inca, repartiendo mil entradas presenciales en Aguas Calientes. Y mientras el mundo avanza con tecnología, Perú retrocede con ventanillas.
En lugar de proteger, promover y potenciar nuestro mayor destino turístico, lo estamos degradando. Pero claro, en el gobierno de Dina Boluarte, nada sorprende. Ni la inacción, ni la improvisación, ni el desprecio por lo que realmente importa.
El turismo en Cusco no solo genera empleos, sino que sostiene la economía de miles de familias. Machu Picchu es el motor de esa maquinaria. Pero al parecer, el ministro de Cultura cree que el modelo de gestión ideal para el siglo XXI es uno que genera colas eternas, frustración internacional, incertidumbre logística y, de paso, la depreciación de los paquetes turísticos.
José Santoyo, presidente de la Cámara de Comercio del Cusco, lo dijo con claridad meridiana: la venta presencial está “alargando la agonía”. Agonía del turista, del operador turístico, del hotelero, del transportista y, en resumen, de todo un ecosistema que depende de una buena gestión del patrimonio. Y mientras el Estado promete “protocolos mejorados”, los turistas se marchan sin visitar Machu Picchu, luego de hacer cola en vano. Un lujo de desorganización que ningún otro país se permite con su emblema nacional.
Y sí, hay un sistema digital. Pero no está al 100%. Porque, al parecer, confiar en la virtualidad plena es demasiado ambicioso para un gobierno que ni siquiera puede asegurar medicinas en los hospitales ni techos seguros en las escuelas públicas. Se alega que esta modalidad presencial responde a un “acuerdo con el pueblo de Machu Picchu”. ¿Y el resto del país?. ¿Y los gremios turísticos que nunca fueron convocados a la mesa?. ¿Y el turismo internacional que ya reporta la caída del Perú en rankings de destinos atractivos?. Silencio institucional. Otra vez.
Todo esto ocurre en un contexto donde el país se cae a pedazos. Más de 4,300 homicidios durante la gestión Boluarte, bandas criminales que gobiernan territorios, extorsiones diarias, minería ilegal en expansión, niños desnutridos, hospitales sin insumos y escuelas que se desmoronan. Y en medio de este caos, el Congreso y la presidenta se reparten el tiempo entre blindajes mutuos, escándalos legales y estrategias para llegar —como sea— al 28 de julio de 2026.
Lo de Machu Picchu es un síntoma. Un símbolo. Un espejo. Refleja exactamente lo que somos hoy: un país sin liderazgo, sin visión, sin respeto por su historia y sin plan alguno para el futuro. En lugar de defender y elevar nuestros íconos, los vamos abandonando a la lógica del piloto automático.
El turismo exige planificación, tecnología, articulación público-privada, estrategia territorial, y sobre todo, respeto. Lo que está haciendo este gobierno con Machu Picchu no es solo una negligencia técnica: es una bofetada a la identidad nacional y al desarrollo económico de una región clave. En lugar de convertir a la maravilla del mundo en ejemplo de gestión, la están usando como laboratorio de improvisaciones.
Reflexión final
Machu Picchu no debería hacer cola. Debería encabezarla. Pero en el Perú de hoy, ni la historia, ni el turismo, ni el futuro tienen prioridad. El Estado mira desde lejos, sin apuro, sin rumbo. Y mientras eso ocurre, el Perú sigue perdiendo prestigio, turistas, ingresos… y dignidad. Porque cuando hasta tu mayor orgullo es tratado con desdén, es hora de preguntarse si en realidad nos merecemos algo más. O si, como parece, ya nos acostumbramos a ser un país que hace cola… para el fracaso.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
