Entradas agotadas a Machu Picchu hasta septiembre: Caos y repudio

Mientras otros países protegen sus patrimonios con tecnología, hospitalidad y planificación, el Perú —con la eficacia marca Boluarte— maltrata a sus turistas con colas, caos y protocolos que parecen salidos de una oficina de los años noventa. Machu Picchu, símbolo mundial de cultura, historia y orgullo nacional, hoy se ha convertido en un escenario más del desorden institucional y la incompetencia política. Las entradas virtuales están agotadas hasta septiembre. ¿La solución del gobierno? Que los turistas madruguen y hagan cola como si estuvieran en un mercado racionado de un país en crisis. Y tal vez lo están.

Desde el 1 de agosto, el Ministerio de Cultura —ese que debería proteger el patrimonio y no destruirlo— implementó una modalidad “presencial” para vender mil entradas diarias a la ciudadela inca. ¿El resultado? Turistas levantándose de madrugada, filas interminables, frustración internacional, cancelaciones de paquetes turísticos, pérdida de prestigio… y cero responsabilidad política. Porque en este país, la culpa siempre es del clima, de la demanda, o —por supuesto— de la Unesco.

Pero aquí no se trata solo de un sistema fallido. Se trata de un modelo de maltrato. Maltrato al turista nacional, al visitante extranjero, al operador turístico, al hotelero, al transportista, a toda la cadena que sobrevive gracias a Machu Picchu. En cualquier otro lugar del mundo, una joya como esta sería tratada como emblema de excelencia. Aquí, es administrada con la destreza de una licitación pública sin supervisión.

La presidenta Dina Boluarte, que no tiene plan de gobierno, tampoco tiene plan para el turismo. Y sus ministros —esa galería de sombras ineficientes— no hacen más que agravar la situación. El turismo es desarrollo, es empleo, es ingreso directo para miles de familias cusqueñas. Pero parece que eso no importa. Lo urgente es resistir hasta 2026, aferrarse al poder, y dejar que el país arda con la misma indiferencia con la que se observa el colapso del sistema hospitalario, la inseguridad desbordada o las escuelas en ruinas.

En este desgobierno, el turista es tratado como sospechoso, como carga, como un problema a contener. No hay señalética clara, no hay plataformas funcionales, no hay articulación con el sector privado. Lo que sí hay es una venta presencial que “opera óptimamente”, según la viceministra, porque las entradas se agotan antes del mediodía. ¡Milagro de la eficiencia! Lo que no dice es cuántos turistas se quedaron sin entrar, cuántos cancelaron sus reservas y cuántos prometieron no volver jamás.

Machu Picchu no está fallando. Está siendo saboteado por un gobierno que no entiende el valor de lo que tiene entre manos. Dina Boluarte y su séquito han demostrado que también se puede maltratar el turismo, golpear la imagen del país y afectar a millones, sin disparar una sola bala. Solo basta con no hacer nada.

Reflexión final
Cuando el mayor atractivo del Perú es gestionado como si fuera una feria distrital, lo que fracasa no es solo el turismo: fracasa el Estado. Y lo peor es que ni siquiera se ruborizan. El gobierno de Boluarte ha convertido a Machu Picchu en una metáfora viva del Perú actual: bello por fuera, devastado por dentro. Colapsado, olvidado, administrado por ineptos. Un país que hace cola para el fracaso, mientras sus autoridades solo cuentan los días hasta el 28 de julio de 2026… para fugar, blindarse o desaparecer de la escena. Como siempre.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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