Machu Picchu un destino de ensueño… con pesadilla incluida

En un país con visión, visitar una maravilla del mundo sería un acto de admiración cultural. En el Perú de Dina Boluarte, es una maratón de obstáculos donde el premio no es la experiencia, sino sobrevivir a colas eternas, precios inflados y un sistema de boletos diseñado para poner a prueba la paciencia. Lo que debería ser una vitrina de orgullo nacional se ha convertido en un escaparate de desorganización y abuso, donde el Ministerio de Cultura juega el papel principal en esta tragicomedia.

La temporada alta en Machu Picchu —ese momento en el que el turismo debería ser un motor económico impecable— se ha transformado en el escenario ideal para la especulación. Hoteles y restaurantes de Machu Picchu Pueblo han incrementado sus tarifas hasta en un 100 %, según el gerente regional de Turismo, Rosendo Baca Palomino. Esta subida no responde a mejoras en la calidad del servicio, sino al sencillo arte de exprimir al visitante mientras dure la temporada. Resultado: un éxodo de turistas hacia Santa Teresa, donde los precios no parecen dictados por Wall Street.

En el plano logístico, la gestión es digna de estudio… como ejemplo de lo que no se debe hacer. Con un aforo de 5,600 personas diarias, el Ministerio de Cultura reservó mil boletos para venta presencial, obligando a cientos de visitantes a acampar en las calles, bajo lluvia o sol, para tener la oportunidad —no la certeza— de entrar. Los reportes de la Contraloría ya advertían desde 2022 que, de esos mil boletos, solo se vendían entre 400 y 600 en promedio, evidenciando un sistema ineficiente. Pero nada cambió.

La Cámara de Turismo de Cusco y 31 gremios nacionales han pedido que toda la venta sea virtual, como ocurre en la mayoría de maravillas del mundo. La Muralla China, por ejemplo, vende entradas completamente online, gestionando picos de más de 50,000 visitantes diarios sin que el visitante pierda medio día en una fila. Petra, en Jordania, con una afluencia anual de casi un millón de turistas, centraliza su venta en plataformas digitales, eliminando el caos presencial. Machu Picchu, en cambio, parece empeñado en que la experiencia comience con una odisea de espera y frustración.

En términos económicos, la ineficiencia sale cara. Según cifras del Banco Central de Reserva, el turismo en el Cusco genera cerca de 1,200 millones de dólares anuales y Machu Picchu concentra más del 70 % de esa actividad. Cada visitante que huye por el alza de precios o por la mala experiencia logística es dinero perdido para operadores locales, artesanos, transportistas y guías, además de un golpe a la reputación internacional. En turismo, la mala prensa viaja más rápido que cualquier tren a Hidroeléctrica.

El turismo es un recurso renovable, pero no indestructible. Machu Picchu no va a dejar de ser una maravilla del mundo, pero sí puede dejar de ser una maravilla para visitarlo. La improvisación ministerial y la voracidad de algunos operadores locales están erosionando el valor de la experiencia tanto como la lluvia y el viento desgastan las piedras. La diferencia es que lo natural toma siglos; lo político, apenas una temporada alta.

Reflexión final
La pregunta no es cuántos boletos más se pueden vender, sino cuánta dignidad estamos dispuestos a sacrificar para venderlos. En países donde el turismo es prioridad, la experiencia del visitante es sagrada; en el Perú, parece ser un trámite más para la foto oficial. Algún día entenderemos que el verdadero patrimonio no es solo el monumento, sino la forma en que lo cuidamos y compartimos con el mundo. Hasta que eso pase, Machu Picchu seguirá siendo el destino de ensueño… que empieza con la pesadilla de llegar a él.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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