En el Perú, la política no se negocia: se canjea. No hay planes de gobierno, sino tarifas; no hay reformas, sino trueques. Rafael López Aliaga soltó la bomba: Dina Boluarte habría entregado el Ministerio de Salud y el de Transportes a César Acuña y su partido Alianza para el Progreso (APP). La finalidad no fue gobernar mejor, sino quedarse un rato más en el trono. Y así, mientras el país clama por soluciones, en Palacio se afina la subasta ministerial.
El Ministerio de Transportes y Comunicaciones es mucho más que un despacho: es la caja registradora más jugosa del Estado. Licitaciones millonarias, contratos de infraestructura, redes de poder. Según el alcalde, Dina colocó allí a César Sandoval, militante de APP, sin experiencia técnica pero con una cualidad invaluable para la política criolla: obediencia absoluta al aliado. El tren Lima–Chosica no se hará porque “no cumple criterios técnicos”, que en versión política significa: no es prioridad para quienes ahora manejan el timón.
Salud fue la otra “pieza” entregada en este intercambio. Un ministerio que debería ser el salvavidas de una población golpeada por hospitales sin medicamentos, infraestructura que se cae a pedazos y médicos agotados. En manos de un aliado político, se convierte en una agencia de contratos y favores. La población sigue esperando atención, pero en el tablero del poder, la salud pública es solo una ficha más.
Mientras todo esto ocurre, la Contraloría despierta de un sueño profundo, casi eterno. Abre un ojo, observa, toma nota… y se vuelve a acomodar. Porque aquí, la vigilancia no es para prevenir el delito, sino para registrar el acta después de consumado el hecho.
Y en medio de esta feria de influencias, López Aliaga arremete también contra la “idoneidad” de Sandoval, recordando que el funcionario estaba en Japón mientras la ciudad esperaba decisiones. La ironía es cruel: el país se hunde en inseguridad, extorsiones y asesinatos, pero las energías políticas están concentradas en quién maneja la caja más grande, no en quién protege a la gente.
En este juego, la gobernabilidad se construye sobre el trueque, no sobre ideas. Lo grave no es solo que se repartan ministerios, sino que se haga a cambio de blindaje político. Y todo ante un público —la ciudadanía— reducido al papel de espectador impotente que, además, paga la entrada con sus impuestos.
Reflexión final
La democracia peruana se ha convertido en un bazar de favores donde el precio se paga en cuotas… y en ministerios. El peligro es que, a este ritmo, no solo se rematarán las carteras: se subastará también la dignidad institucional. Cuando un gobierno mide su estabilidad en ministerios entregados, la política deja de ser servicio público y se convierte en negocio privado. Y el problema de vender el Estado al mejor postor es que siempre habrá alguien dispuesto a pagar… mientras el país, paciente crónico, sigue esperando su turno en la sala de emergencia.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
