10,257 candidatos para las elecciones generales de 2026

Perú se prepara para otra jornada electoral, pero más que una fiesta democrática parece una comedia trágica con guion repetido. El 12 de abril de 2026, los ciudadanos se enfrentarán a una boleta del tamaño de una manta y a un menú de candidatos tan abundante como indigesto. Son 39 partidos, más de 10 mil candidatos, una cédula de votación que requiere instrucciones de armado y una población que, en su mayoría, no tiene idea por quién votar. La democracia, en vez de consolidarse, parece atomizarse en una dispersión grotesca que ya no representa al ciudadano, sino lo confunde, lo aleja y lo paraliza.

10,257 candidatos. Esa es la cifra. ¿Impresionante? Solo en términos de logística, porque en términos de representatividad es un insulto. Entre reciclados de la política, emergentes con prontuario y figuritas repetidas de siempre, la boleta parece más una nómina de casting de reality show que una oferta electoral seria.

Solo en las fórmulas presidenciales hay 117 aspirantes a la presidencia y vicepresidencias. ¿Alguien puede nombrar a diez? ¿Cinco? ¿Dos? Lo más probable es que no. En este carnaval de candidaturas, los partidos se dedican a postular nombres como si fueran rifas, apostando a la desinformación, a la sobrecarga y al cansancio del votante. Es un juego perverso: llenar la boleta para diluir el voto, para que todo se vea democrático pero nada lo sea.

Y mientras tanto, la ONPE se supera: ha diseñado una cédula electoral de 44 x 42 centímetros, una sábana que permitirá votar por presidente, senadores, diputados y representantes al Parlamento Andino… todo en una sola jornada. Pero no se confunda: esto no es innovación ni eficiencia, es confusión y caos disfrazados de modernización.

Peor aún, no hay empresa auditora aún para validar el voto digital. Sí, a menos de un año de las elecciones, la ONPE sigue buscando quién verifique el sistema electrónico. Pero claro, la solución mágica es implementar el voto digital para las Fuerzas Armadas y algunos grupos priorizados. ¿Y el resto del país? Que rece para que no se caiga el sistema, que no se dupliquen votos, que no se pierdan actas y que no vuelva el fantasma del fraude.

El JNE insiste en que el ciudadano debe informarse. Hermoso consejo… si no estuviéramos enfrentando una oferta que supera las 6 mil candidaturas al Congreso, más de 3 mil al Senado y centenares al Parlamento Andino. ¿Qué ciudadano puede, en la práctica, conocer todas esas propuestas, evaluar perfiles y tomar una decisión informada? No se trata de fomentar participación, sino de obstruirla con ruido y sobrecarga.

En medio de este desorden, figuras como Rafael López Aliaga anuncian su retiro de la alcaldía para postular a la presidencia, en un intento desesperado por reciclar ambiciones personales. Y en paralelo, otros partidos de alquiler hacen malabares para inscribirse en tiempo récord. Mientras tanto, el votante ve cómo los mismos nombres de siempre regresan con nuevos colores, nuevos logos, pero las mismas intenciones de siempre: capturar el poder para repartirlo entre los de siempre.

Estamos frente a una elección que promete ser la más caótica, dispersa y desilusionante de las últimas décadas. No porque haya muchos candidatos, sino porque hay poca esperanza, poca ética y aún menos propuestas serias. La ciudadanía no votará con ilusión, sino con fastidio. No elegirá, resignará. Y el sistema, tan orgulloso de su supuesta pluralidad, seguirá empujando al abismo a una democracia que apenas respira.

Reflexión final
En el Perú actual, la boleta crece pero la confianza se encoge. Hemos confundido cantidad con calidad, oferta con legitimidad, participación con espectáculo. Más que una elección, esto parece una tómbola electoral donde el azar y la desinformación dictarán el rumbo del país. Pero la culpa no es solo del sistema: también es nuestra, por permitir que la política se convierta en este circo sin domador. Y mientras el país se hunde en crisis múltiples, el mensaje de fondo es el mismo de siempre: que el pueblo elija… pero que no se entere muy bien de a quién.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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