Una semana después de anunciar su “posible” renuncia, Rafael López Aliaga sigue en su mejor papel: el del político que convierte cada decisión en espectáculo. Con gestos calculados, frases crípticas sobre “vida y muerte” y un rosario de acusaciones al Gobierno central, el alcalde limeño se presenta como víctima del sistema y arquitecto del cambio al mismo tiempo. Lo que vemos no es liderazgo: es marketing electoral disfrazado de sacrificio.
La escena es conocida: un político al borde de la renuncia que no renuncia, un candidato que no es candidato, un alcalde que se queja del centralismo mientras prepara su salto al presidencialismo. López Aliaga ha encontrado un filón de oro: usar su cargo para criticar al Gobierno, victimizarse y, de paso, construir su plataforma electoral.
Se indigna por el gasto corriente, promete reducir ministerios a seis y abrir la puerta al sector privado para que ejecute obras como pago de impuestos. Hasta ahí, suena audaz. Pero cuando uno revisa sus dos años en la Municipalidad de Lima, la historia es distinta: cero reformas estructurales, inauguraciones simbólicas y un “retiro espiritual” en Europa para reflexionar sobre su futuro político. Ni Moisés bajando del Sinaí fue tan predecible.
El truco es simple. Atacar al Ejecutivo para posicionarse como “el outsider” que vendrá a poner orden. Hablar de “propuestas fáciles” sin entrar en detalles, porque los detalles comprometen. Y envolverlo todo en un relato místico: “estoy preparado para vivir y para morir”. El mártir de Puente Piedra, el profeta de Chimpu Ocllo, el hombre que demanda S/3 mil millones a Brookfield mientras promete avenidas imposibles.
No es casualidad que hable de “lo que se nos viene” justo cuando lidera las encuestas con apenas un 10 % de intención de voto. En el Perú, la victimización vende. Y López Aliaga lo sabe. Su renuncia pendiente no es un acto de desprendimiento, es un anzuelo. Busca medir lealtades, copar titulares y preparar el terreno para presentarse como el único que se atreve a enfrentarse al sistema.
Pero mientras él ensaya su papel, Lima sigue bloqueada por paros de transportistas y una inseguridad desbordada. Porque cuando los políticos juegan al sacrificio, es la ciudadanía la que paga la cuenta.
La renuncia de López Aliaga, anunciada como si fuera un thriller político, es en realidad un ensayo general para su campaña presidencial. Nada de lo que dice es casual. Su discurso anticentralista, sus críticas al gasto corriente, su promesa de “propuestas fáciles” y su retiro espiritual son piezas de un guion cuidadosamente diseñado para convertirlo en el candidato-mártir del 2026.
Reflexión final
El problema no es que López Aliaga quiera postular. El problema es que lo haga usando una estrategia de victimización y ambigüedad para distraer del hecho central: su gestión en Lima no ha roto el molde del inmovilismo. Si los votantes no leen entre líneas, terminarán premiando al político que mejor actúa, no al que mejor gobierna. La “renuncia” de López Aliaga no es un acto heroico; es un recurso barato para ganar tiempo, pantalla y simpatías. Y el Perú no necesita más actores: necesita gobernantes que, por una vez, cumplan lo que prometen.
