El Congreso peruano volvió a hacer de las suyas: con una mano dice modernizar las reglas electorales y con la otra mantiene intactas las reliquias del pasado. La Comisión de Constitución, en un arranque de “actualización democrática”, aprobó reducir la veda de encuestas a tres días, pero decidió conservar la famosa Ley Seca. Sí, en el 2026 seguiremos siendo el único país donde confiarle un vaso de cerveza al ciudadano es considerado un riesgo para la democracia.
La escena se repite cada elección: el Congreso discute con aire solemne, como si debatiera sobre la Constitución de Cádiz, y termina legislando con el mismo instinto paternalista de siempre. No confían en el voto informado, pero tampoco en el votante sobrio. Según los padres de la patria, los peruanos somos tan irresponsables que, si nos dejan beber, podríamos confundir la urna con la barra. Y mientras tanto, se felicitan por haber “asegurado el orden público”. Orden, sí; sensatez, no.
La “modernización electoral” aprobada es un chiste con guion predecible. Reducir la veda de encuestas de siete a tres días suena progresista, pero solo porque las redes sociales ya destruyeron cualquier control posible. Hoy, una historia de Instagram tiene más influencia que una encuesta de Ipsos. No se trata de abrir la información: se trata de que el Congreso llegó tarde otra vez, corriendo detrás de una realidad digital que ya lo pasó por encima.
Y en paralelo, el mantenimiento de la Ley Seca demuestra lo contrario: que los legisladores viven en un país imaginario donde la gente se embriaga en masa antes de votar y los bares deciden elecciones. Lo más absurdo es que la medida ni siquiera evita el consumo, solo cambia la ruta: se bebe en casa, se compra con anticipación o se recurre al mercado negro. Pero claro, para el Congreso, prohibir siempre suena más patriótico que pensar.
El congresista Edward Málaga propuso eliminar la ley, argumentando que era una restricción desproporcionada que genera pérdidas de más de S/48 millones en el comercio y turismo. Tenía razón. Pero la mayoría prefirió el discurso moralista, ese que adorna la incompetencia con palabras como “orden” y “prudencia”. No importa que el país esté hundido en la inseguridad, la corrupción y el desgobierno; lo importante es que nadie brinde mientras vota.
El Congreso no moderniza nada: apenas maquilla el pasado con brocha digital. Mantener la Ley Seca es la prueba de que la clase política no confía ni en el ciudadano ni en la libertad. Siguen gobernando como curas de sacristía, creyendo que la democracia se preserva cerrando botellas.
Reflexión final
Tal vez no sea el alcohol lo que distorsiona el voto, sino la resaca moral de una política que se repite, se encierra y se aplaude a sí misma. En el Perú, seguimos sobrios por decreto… y ebrios de mediocridad por costumbre.
