El Congreso vaca presidentes… pero nadie vaca al Congreso

En el Perú, la vacancia presidencial dejó de ser un recurso excepcional para convertirse en deporte nacional. En menos de diez años, tres presidentes han sido expulsados por “incapacidad moral permanente”. No por golpes militares, sino por el bisturí político del Congreso, esa institución con menos credibilidad que una promesa de campaña. Pero la pregunta que nadie quiere hacer —y que todos intuimos— es simple: ¿quién vaca al Congreso? ¿Quién destituye a los blindadores, a los intocables, a los verdaderos artífices del desastre? Porque mientras los presidentes caen uno tras otro, los congresistas siguen firmes, repartiéndose cuotas de poder, blindajes y favores.

El artículo 113 de la Constitución peruana otorga al Congreso la facultad de declarar la vacancia presidencial por incapacidad moral. Lo que nació como un mecanismo ético se convirtió en un arma política, una bala de plata cargada con ambigüedad y conveniencia. La moral, en manos de nuestros parlamentarios, es elástica: se estira, se encoge o desaparece según quién esté sentado en Palacio.

Así, en una década, el Legislativo ha vacado a Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra, Pedro Castillo y ahora Dina Boluarte. Cuatro mandatarios en fila, un récord continental. Pero mientras los jefes de Estado van cayendo, los congresistas multiplican denuncias, escándalos y blindajes. Son moralistas de día y cómplices de noche. Vacan al Ejecutivo por incapacidad ética, pero legislan con las manos manchadas por el tráfico de influencias, los viajes con gastos pagados, las consultorías truchas y las comisiones que nunca rinden cuentas.

La vacancia se ha convertido en una herramienta de supervivencia política. No se usa para defender la moral pública, sino para negociar impunidad. Se amenaza al presidente de turno para obtener ministerios, puestos o favores. El Congreso no busca gobernabilidad: busca control. Es el nuevo poder fáctico, con la moral de un tahúr y la impunidad de un juez que se absuelve a sí mismo.

Y mientras tanto, los ciudadanos asisten a este teatro con la resignación de quien ya no espera justicia. Los congresistas son repudiados en las calles, insultados en los mercados y rechazados en las encuestas, pero siguen votando leyes que solo los favorecen a ellos. Nadie los fiscaliza. Nadie los destituye. Nadie los toca. En el Perú, la impunidad viste terno y se sienta en curules acolchadas.

El Congreso se presenta como el guardián de la moral nacional, pero es su principal sepulturero. La vacancia, que debería ser un acto de control republicano, se ha vuelto el símbolo de un Estado sin equilibrio, donde los fiscalizados destituyen a los fiscalizadores y los corruptos dictan cátedra de ética.

Reflexión final
Mientras el Perú siga gobernado por un Congreso que actúa como verdugo sin juez, seguiremos atrapados en un bucle de farsas institucionales. Vacan presidentes por moral, pero el Congreso entero vive en el reino de la inmoralidad. La verdadera incapacidad moral no está en Palacio de Gobierno: está en los 130 escaños del hemiciclo. Y si nadie los vaca a ellos, entonces el país seguirá siendo vacado, cada día, por su propia clase política.

En el Perú, el Congreso no solo vaca presidentes: vacía la esperanza.

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