Entre enero y septiembre de 2025, la balanza comercial peruana registró un superávit de US$ 18,204 millones, 35,7 % más que el año anterior. No es solo una cifra técnica: detrás están la minería, las agroexportaciones y una red de empresas y trabajadores que sostienen al país mientras la política sigue atrapada en la desconfianza. Paltas, arándanos y oro colocan al Perú en el mapa global, pero también nos obligan a preguntarnos qué tan justo y sostenible es el modelo que respalda ese éxito.
Las exportaciones alcanzaron US$ 62,865 millones, con un crecimiento de 17,3 %. El motor sigue siendo la minería tradicional, que aporta US$ 46,375 millones, pero las exportaciones no tradicionales —especialmente las agroindustriales— muestran un dinamismo clave: las paltas frescas generaron US$ 1,337 millones y los arándanos frescos US$ 1,213 millones. El campo peruano, muchas veces olvidado por las políticas públicas, es hoy responsable de buena parte del prestigio y de las divisas del país.
China se consolida como principal socio comercial (US$ 22,910 millones en compras), seguida por Estados Unidos. Desde allí se demandan minerales, frutas, alimentos y otros productos que llevan el sello “Hecho en Perú”. Al mismo tiempo, importamos combustibles, insumos y bienes intermedios por US$ 44,661 millones, con China, EE. UU. y Brasil como principales proveedores. El resultado neto es positivo: hay más ingresos que egresos.
Pero la ética entra en juego cuando miramos debajo de la estadística. El superávit no puede ser excusa para tolerar malas prácticas: trabajo informal en el campo, desigualdades entre grandes empresas y pequeños productores, impactos ambientales no gestionados o cadenas de valor opacas. Si paltas, arándanos y oro sostienen nuestras cuentas externas, es justo que el Estado y el sector privado garanticen condiciones dignas, respeto a los derechos laborales y una relación responsable con las comunidades y el territorio.
El Perú tiene hoy una posición ventajosa en el comercio global: superávit comercial, productos estrella y socios estratégicos interesados en lo que producimos. Sin embargo, el verdadero indicador de éxito no es solo el monto exportado, sino cuánto de esa riqueza se transforma en empleo decente, infraestructura, servicios públicos de calidad y reducción de brechas. Un modelo que concentra beneficios y socializa costos no es sostenible ni moralmente defendible.
Reflexión final
El reto empresarial y político es convertir estas cifras récord en un pacto de largo plazo: más transparencia, más fiscalización sin corrupción, más apoyo a pequeños productores y más cuidado del ambiente. Si logramos que cada caja de arándanos, cada contenedor de palta y cada tonelada de mineral lleven también un compromiso con la justicia y la ética, el Perú no solo estará “en el ojo global” por sus exportaciones, sino por la forma en que decide hacer negocios con el mundo.
