Jerí impone moda presidencial: chifa con capucha y a escondidas

En un país serio, un presidente se reúne con agenda, registro y responsabilidad. En el Perú de José Jerí, en cambio, el poder parece preferir la logística del “no me vean”. Encapuchado, de noche y fuera de agenda, Jerí se citó con un empresario chino en un chifa. Y luego, como remate, nos pidió que lo entendamos: que fue “un error de forma”, que era por una actividad cultural, que él “sale a la calle”. No: salir a la calle no es el problema. El problema es salir de la institucionalidad.

La pregunta que no se puede esquivar es brutalmente simple: ¿por qué encapuchado y a escondidas? Nadie se tapa la cara para “hacer cosas buenas”. Nadie evita cámaras por amor a la transparencia. La capucha no es una prenda: es un mensaje. Y el mensaje es: “esto no debe quedar registrado”. Así empieza la política paralela, la de siempre: reuniones sin huella, explicaciones después del escándalo y ciudadanos obligados a creer por fe.

Jerí intenta vender “cercanía”. Pero la cercanía no borra la obligación de rendir cuentas. No estamos hablando de una visita a una pollería con amigos. Estamos hablando de un encuentro con un actor de interés que, además, sí tenía acceso formal: el mismo empresario entró a Palacio tres veces en diciembre y enero con registros oficiales y reuniones de trabajo. Entonces, que Jerí nos explique con seriedad: si había puerta institucional, ¿por qué eligió la puerta trasera del chifa? ¿Qué urgencia tenía la clandestinidad? ¿Qué parte del “Día de la Amistad” exige capucha?.

Y aquí lo ácido: Jerí no solo repite un patrón, sino que lo normaliza. Se disculpa por el horario como si el problema fuera la cena tardía y no el hecho central: la ausencia de agenda y transparencia. Es el viejo truco peruano: reconocer un detalle menor para evitar el debate de fondo. “Me equivoqué en la hora”, dice; cuando lo que está en juicio es la conducta: ocultar, no registrar y justificar cuando lo descubren.

Además, Jerí lanza su frase favorita para despegarse de Castillo: “yo no soy Pedro Castillo”. Perfecto. Pero actúa como si hubiera tomado clases particulares en la misma escuela de opacidad: la que enseña que el poder se ejerce mejor en sombras. El país no necesita que Jerí se diferencie con palabras; necesita que se diferencie con hechos. Y los hechos, hoy, lo delatan.

Esto no es una anécdota: es un síntoma. Cuando el presidente se mueve como si estuviera escapando de la luz pública, la democracia se convierte en un cuarto oscuro.

Reflexión final
Un gobierno que exige confianza mientras se esconde no está pidiendo credibilidad: está pidiendo impunidad. Y el Perú ya pagó demasiado por presidentes que primero se tapan la cara… y luego se tapan entre ellos. Si Jerí quiere respeto, que empiece por lo mínimo: agenda pública, registro y cero capuchas para gobernar.(Foto: Noticias Trujillo).

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