Hipertensión: por qué sigue siendo el mayor riesgo cardiovascular

La hipertensión arterial avanza con un perfil inquietante: afecta a millones, no suele dar síntomas y, aun así, está detrás de buena parte de los infartos y accidentes cerebrovasculares. Por su escala —1.400 millones de adultos de 30 a 79 años en 2024, alrededor de un tercio de esa población— algunos la describen como una “pandemia silenciosa”. No es una pandemia en el sentido infeccioso, pero sí cumple con lo esencial: expansión global, subdiagnóstico y alto costo humano prevenible.

La hipertensión no se instala de golpe; progresa por etapas y deteriora vasos sanguíneos hasta volverse daño orgánico: corazón, cerebro, riñón y retina. El principal problema es cultural: como “no duele”, se posterga. En el Reino Unido, encuestas muestran que muchas personas en riesgo priorizan otras tareas antes que controlarse, y un porcentaje relevante la padece sin saberlo. En Argentina, más de un tercio de los adultos vive con hipertensión y una proporción importante desconoce su diagnóstico. Este patrón se repite: la amenaza es real, pero la percepción del peligro es baja.

La novedad más preocupante es la edad. La hipertensión ya no es solo asunto de mayores. Estudios en población pediátrica y adolescente señalan un aumento sostenido en menores de 19 años en las últimas dos décadas. Los especialistas alertan sobre un factor central: el exceso de peso, que eleva la presión y adelanta el riesgo cardiovascular. En otras palabras, el futuro llega antes: lo que antes se veía a los 50, hoy se detecta en jóvenes.

¿Dónde está el punto de control? Los valores “normales” se ubican entre 90/60 y 120/80 mmHg; el rango “normal alto” o prehipertensión se acerca al umbral que muchas guías usan para iniciar intervención. En varios países se considera tratar desde 130/80 mmHg, mientras que otros mantienen 140/90 mmHg como diagnóstico sostenido. Más allá del número, el mensaje es uno: medir con regularidad cambia el pronóstico. Una presión persistentemente alta durante semanas requiere evaluación; si el estilo de vida no alcanza, el tratamiento farmacológico temprano reduce complicaciones.

La prevención no es abstracta: caminar a diario, mejorar la dieta y reducir sodio tiene impacto. Aumentar potasio mediante frutas, verduras, legumbres, frutos secos y semillas ayuda a eliminar sodio. Incluso ejercicios isométricos (como “sentadillas contra la pared”) muestran beneficios complementarios. Y un recordatorio útil: “sal marina”, “rosada” o “gourmet” sigue siendo sodio; el cambio real es bajar cantidad.

La hipertensión no necesita titulares dramáticos para ser grave. Su peligro es su silencio y su normalización social. La evidencia indica que detectar temprano y tratar a tiempo salva años de vida.

Reflexión final
Si hubiera un acto mínimo de salud pública global, sería convertir el control de presión en hábito, no en excepción. La pregunta ya no es si es una “pandemia”, sino por qué seguimos esperando un síntoma para medir lo que, por definición, casi nunca avisa. (Foto: Expomedhub. Com).

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