Jerí y su “cuento chino”: antesala de la vacancia o la censura

En el Perú, el poder no se mide por discursos floridos, sino por la luz con la que gobierna. Y José Jerí decidió gobernar desde la penumbra. Su “cuento chino” —la coartada de que solo fue a comer chifa— no es ingenuidad: es un desafío frontal a la transparencia y una burla a un país que ya pagó demasiado caro por presidentes que preferían la sombra a la institucionalidad. Cuando un mandatario se mueve encapuchado, sin agenda y sin registro, no está “siendo cercano al pueblo”: está invitando, con descaro, a la vacancia o a la censura que ya golpea su puerta.

La escena es demoledora: Jerí bajando del “cofre” presidencial, con capucha, reuniéndose en un chifa con un lobista vinculado a intereses millonarios. No es folklore político; es la repetición de un guion que el Perú conoce demasiado bien. Cambia el apellido, cambia el barrio, cambia el menú… pero no cambia el método. Y ese método siempre termina igual: investigaciones, crisis y caída del poder.

Jerí quiere banalizar el escándalo: “fue una reunión privada”, “yo salgo a la calle”, “no exageren”. Pero el presidente no tiene vida privada cuando usa recursos del Estado. Cada movimiento suyo es público por definición. Si la reunión era tan inocente, ¿por qué no fue en Palacio, con agenda y acta? Si el motivo era cultural, ¿por qué no participó Cancillería? La lógica es brutalmente simple: lo que se esconde no es limpio.

Aquí aparece el núcleo político del problema: el “cuento chino” no solo compromete a Jerí; compromete al Congreso que lo tolera. Un Legislativo que mira al costado ante reuniones clandestinas no está siendo prudente: está siendo cómplice por omisión. Por eso la vacancia deja de ser un fantasma y se vuelve un instrumento legítimo de control democrático. Y la censura, un mecanismo necesario para frenar un Ejecutivo que gobierna con improvisación y secretismo.

Mientras el país sufre extorsiones, asesinatos y caos, el presidente aparece sentado con operadores ligados a licitaciones y obras bajo sospecha. El mensaje es devastador: en vez de perseguir criminales, el poder conversa con intermediarios; en vez de fortalecer al Estado, negocia a espaldas de la ciudadanía. Esa no es gobernabilidad: es descomposición institucional.

Jerí insiste en diferenciarse de Pedro Castillo. Pero los hechos lo desmienten con crudeza. Reunión sin registro + cofre presidencial + horario nocturno + capucha = la misma receta que destruyó confianza en el pasado. Y en política, repetir el método es asumir las consecuencias.

El problema de Jerí no es solo de forma: es de fondo. Ha trivializado la investidura y ha normalizado la clandestinidad como estilo de gobierno. Un presidente que se esconde pierde autoridad, credibilidad y legitimidad.

Reflexión final
La democracia no se derrumba con grandes golpes; se erosiona con pequeñas sombras normalizadas. Jerí aún podría elegir la luz: agenda pública, transparencia total y rendición de cuentas. Pero si insiste en su “cuento chino”, no será la prensa quien lo derribe, sino la institucionalidad misma. Porque cuando el poder gobierna desde la capucha, la vacancia deja de ser amenaza: se convierte en consecuencia.

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