El Minsa “emitió alerta” por dengue y proyecta cerca de 35.000 casos hasta marzo en más de 20 regiones. Qué alivio: por fin descubrieron que el calor, la lluvia y el agua estancada existen. El problema es que el mosquito no espera comunicados. El Aedes aegypti trabaja 24/7; el Estado, cuando puede. Y en el Perú, la salud pública se activa como esas alarmas que suenan… después del robo.
La alerta llega con manual incluido: prevención, control del vector, atención oportuna. Todo suena impecable en papel. En la vida real, el país está en “cuidados intensivos” desde hace tiempo: sin medicamentos suficientes, sin citas, sin equipamiento, sin personal y con establecimientos que sobreviven a punta de voluntad. ¿De qué sirve “reforzar la respuesta” si el sistema ya está cansado antes de empezar?.
Las regiones señaladas —Amazonía, sierra central y costa norte— no son sorpresa para nadie. Tampoco lo es que el dengue se dispare cuando hay lluvias y temperaturas altas. Lo sabe cualquier familia que convive con zancudos, baldes y recipientes. Lo que debería sorprender —y ya no sorprende— es que la reacción oficial siempre llegue tarde, como si la prevención fuera un lujo y no una obligación.
El Minsa advierte que 2025 cerró con 39.028 casos y 54 fallecidos. Es decir: el país ya venía golpeado. Y aun así, entramos al 2026 con la misma película: “alerta”, “exhortación”, “intensificar”, “articular”. Verbos grandes para resultados pequeños. Mientras tanto, los pacientes hacen cola, el primer nivel se satura, el diagnóstico se demora, la referencia se complica y el dengue avanza. Y cuando el sistema falla, ¿quién paga el costo? La ciudadanía. Siempre.
Además, el discurso oficial es una trampa elegante: se apela a la responsabilidad individual —“elimine criaderos”, “tape recipientes”—, pero se disimula la responsabilidad estatal: vigilancia entomológica sostenida, control larvario real, fumigación planificada, abastecimiento de insumos, capacidad hospitalaria, personal suficiente y gestión con metas verificables. Porque el dengue no se combate con spots, se combate con presencia. Y presencia es justamente lo que falta.
La alerta del Minsa no es liderazgo: es evidencia tardía. No es estrategia: es reacción. Y en un país donde el Estado llega después, el mosquito termina siendo el único que sí cumple su plan.
Reflexión final
El dengue no es solo un virus: es el retrato de un Estado que improvisa, un sistema sanitario debilitado y una clase política que administra crisis como si fueran rutina. Si el Minsa despierta “a ritmo de tortuga”, el Aedes corre “a velocidad de plaga”. Y así, cada verano, el Perú no enfrenta una epidemia: enfrenta su propio abandono. (Foto: Exitosa).
