Cuando el poder es sorprendido fuera del guion, en el Perú no se corrige: se improvisa. Y José Jerí ha optado por la salida más cómoda y vieja del manual: si aparecen videos incómodos, no se explica el contenido… se persigue al “culpable” de mostrarlos. Ahora el presidente atribuye la difusión de sus reuniones privadas a los presos. Es decir: el problema no sería la clandestinidad, sino la cámara. El mundo al revés, versión Palacio.
Jerí afirma que los internos estarían detrás de los videos porque “no quieren que siga haciendo requisas”. Un relato útil: él sería el valiente que entra a penales a las 3 a.m., corta comunicaciones, traslada reos y por eso —dice— lo quieren tumbar. Perfecto para la tribuna. Pero la pregunta institucional no se mueve: ¿por qué un presidente termina grabado en encuentros con empresarios, fuera de agenda, y luego convierte el escándalo en una historia de mártires y enemigos?.
La explicación de Jerí es un cambio de foco calculado. Se debate la filtración, no la reunión. Se discute al mensajero, no el mensaje. Se invoca “complot”, no transparencia. Y mientras tanto, el país aprende una lección peligrosa: si el poder cae en contradicciones, la culpa siempre será del que denuncia, del que graba, del que filtra, del que “desestabiliza”. Nunca del que se reúne, nunca del que oculta, nunca del que evita rendir cuentas.
Además, Jerí pide “que salgan más videos” para “tener indicios” de quién está detrás. Extraña forma de defender la institucionalidad: promover la aparición de más material comprometedor como si la política fuera un reality y la presidencia un personaje en búsqueda de pruebas para su propia novela.
Y aquí está el punto más grave: un mandatario no puede presentarse como víctima permanente para no asumir responsabilidades. Las requisas pueden ser necesarias, sí. Pero la seguridad no es un escudo para tapar preguntas. El Estado no funciona con sospechas lanzadas al aire: funciona con hechos, registros, agenda oficial y explicaciones verificables.
Si Jerí quiere liderar, debe entender lo básico: la crisis no es que lo graben; la crisis es lo que hacía cuando lo grabaron. El problema no es el preso, ni el video, ni el “complot”. El problema es la falta de transparencia y la costumbre del poder de actuar como si rendir cuentas fuera opcional.
Reflexión final
Un país serio investiga reuniones irregulares, posibles influencias y responsabilidades. Un país con desgobierno investiga al que “filtró” para distraer al público. Jerí eligió lo segundo. Y cuando el presidente prefiere culpar a los presos antes que explicarle al país, no estamos ante una estrategia de seguridad: estamos ante una estrategia de fuga. (Foto: N60).
