Tres presidencias, un mismo desastre: Castillo, Boluarte y Jerí

En teoría, tres presidentes consecutivos deberían significar tres oportunidades para corregir el rumbo. En el Perú ocurrió lo contrario: Pedro Castillo inició el deterioro con improvisación, Dina Boluarte lo consolidó con una gobernabilidad de emergencia y José Jerí lo remata con un interinato que se parece más a administración de crisis que a conducción del Estado. No es una simple sucesión de nombres: es una continuidad del desastre. Cambió el rostro en Palacio, pero no cambió el guion: promesas grandilocuentes, gestión mínima y un país que se hunde entre miedo, hartazgo y desconfianza.

Castillo, Boluarte y Jerí representan tres estilos distintos y un mismo resultado: desgobierno. La ruta común ha sido gobernar sin plan, reaccionar tarde, cubrirse con discursos y normalizar el parche como política pública. Mientras tanto, seguridad, salud, educación y economía real se degradan; y el avance de economías ilegales empuja al país hacia un riesgo mayor: la consolidación de redes criminales con capacidad de capturar instituciones.

Castillo llegó con la narrativa de la “refundación”, pero gobernó como si el Estado fuera un taller de aprendizaje acelerado. Los nombramientos erráticos, la rotación constante y la falta de dirección convirtieron al Ejecutivo en una maquinaria de crisis. Su desenlace —el intento de quebrar el orden constitucional— no fue un rayo aislado: fue la expresión final de una forma de gobernar basada en la supervivencia política y el cálculo corto. El país quedó con una herida institucional abierta y con una señal peligrosa: el poder podía actuar sin responsabilidad y luego reclamar victimización.

Boluarte heredó esa ruina y prometió estabilidad. Pero la estabilidad no se decreta: se construye. Su administración eligió la salida rápida: estados de emergencia, retórica de “orden” y una defensa del cargo como objetivo central. El Estado se volvió reactivo: apagaba incendios mediáticos sin atacar el combustible real. La inseguridad siguió escalando, la extorsión se convirtió en sistema y la ciudadanía recibió el mismo mensaje una y otra vez: “estamos trabajando”, mientras la vida diaria se volvía más cara, más insegura y más precaria.

Jerí llega como presidente interino con la oportunidad de marcar una diferencia mínima: transparencia, foco y prudencia institucional. Sin embargo, su gestión parece repetir lo peor del ciclo: emergencia como rutina y crisis como paisaje. Y cuando el país exige señales de autoridad ética, aparece lo contrario: reuniones no registradas, versiones cambiantes, explicaciones tardías y un desgaste político que alimenta la idea de una salida anticipada. Un gobierno interino debería ser el manual de la sobriedad; en cambio, Jerí ha terminado protagonizando un episodio que erosiona lo único que un presidente encargado necesita conservar: credibilidad.

El resultado es un Estado que no logra imponer control territorial frente al crimen organizado, que no presenta balances claros de sus medidas excepcionales y que deja a sectores enteros —como el transporte público— expuestos a cupos, amenazas y asesinatos. La política, en vez de construir soluciones, se concentra en blindajes, discursos de “estabilidad” y peleas de corto plazo. El país mira y aprende: la prioridad no es resolver, sino resistir hasta la siguiente elección.

Castillo abrió el desorden, Boluarte lo normalizó y Jerí lo administra bajo sospecha y desgaste. Tres presidencias, un mismo desastre: el Estado debilitado, la ciudadanía desprotegida y las instituciones convertidas en campo de disputa antes que en herramientas de servicio público. Lo que debería ser conducción se ha vuelto trámite; lo que debería ser política pública se reduce a medidas de emergencia; lo que debería ser transparencia termina en explicaciones que cambian según el día.

Reflexión final
La mayor derrota del Perú no es tener tres presidentes en pocos años. Es haber aceptado que el país se gobierne como si el colapso fuera inevitable. Si seguimos premiando la improvisación, tolerando la opacidad y confundiendo “estabilidad” con impunidad, no habrá elección que alcance para rescatar la confianza. El país necesita romper esta secuencia: no más presidencias que prometen lo imposible, ejecutan lo mínimo y dejan al Perú acostumbrándose al desastre como si fuera destino. (Foto: La República).

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