José Jerí no está gobernando: está sobreviviendo. Y el país no está “en crisis”: está a la deriva mientras el presidente juega a la administración del escándalo. El “laberinto Jerí” es esa rutina nacional en la que uno busca Estado y encuentra silencios, busca liderazgo y encuentra coartadas, busca rumbo y encuentra más ruido que gestión. La pregunta ya no es si Jerí puede enderezar esto. La pregunta es cuánto daño más se permite antes de sacarlo del tablero.
Si el Perú fuera una empresa, Jerí ya estaría despedido por una razón simple: no entrega resultados. Seguridad: colapso. Educación: abandono. Salud: espera eterna. Minería y agricultura: reacción tardía y parches. Anemia: condena silenciosa. Y en medio de todo, la joya de la corona: reuniones clandestinas y explicaciones que llegan cuando la cámara ya grabó y la indignación ya estalló.
En seguridad, Jerí ha convertido la lucha contra el crimen en un show de utilería: decretos, estados de emergencia y conferencias, como si la delincuencia se intimidara con papel sellado. El Perú real no vive estadísticas: vive extorsión, sicariato, miedo. El ciudadano no necesita un gobierno que “informe avances”; necesita un gobierno que controle territorio, desarticule bandas, blinde cárceles, persiga el dinero, coordine con Fiscalía y ejecute inteligencia. Pero Jerí ofrece lo contrario: una política de “contención” que suena a rendición con presupuesto.
En salud y educación el patrón se repite: promesas que no llegan a la calle. El país no está pidiendo milagros: está pidiendo lo mínimo. Citas, medicinas, especialistas. Escuelas que funcionen, gestión que se note. Pero el “modelo Jerí” es gestionar la precariedad como si fuera normal y pedir aplausos por no hundirse más rápido.
Y aquí entra lo más ácido: Jerí no solo falla por incapacidad; falla por prioridades. Cuando la Presidencia aparece más asociada a escándalos, sombras y encuentros sin transparencia, el mensaje institucional es devastador: la agenda pública estorba, la rendición de cuentas incomoda, la formalidad es decorado. En un país con historial de corrupción, Jerí no puede hacerse el sorprendido cuando la gente no le cree. La confianza no se exige; se pierde.
El problema ya no es un “error”. Es un estilo. Y un estilo así en Palacio no es folclor político: es riesgo democrático. Porque si el presidente normaliza moverse en el borde, el Estado entero aprende a operar igual: sin registro, sin explicación, sin responsabilidad. Y mientras tanto, los peruanos pagan la cuenta: con miedo, con pobreza, con servicios colapsados.
Por eso la censura no está “en discusión” como un capricho parlamentario: está en camino como un desenlace lógico. No por oposición, no por ideología, sino por supervivencia política. Jerí se ha convertido en un activo tóxico: cada día que permanece, contamina más al Congreso que lo sostiene, a los ministros que lo defienden y a las bancadas que lo blindan. Y ahí está el dato político crudo: nadie quiere cargar con Jerí en campaña… pero algunos insisten, como si el electorado fuera amnésico.
Jerí ya no gobierna: resiste. Y cuando un presidente pasa de liderar a resistir, el país entra en una fase peligrosa: el poder se vuelve defensivo, paranoico y torpe. La censura —o la salida política que corresponda— deja de ser amenaza y se vuelve higiene institucional.
Reflexión final
El laberinto de Jerí no tiene monstruo al centro. Tiene algo peor: vacío. Un presidente sin rumbo, un Estado sin ejecución y una ciudadanía pagando el precio del desgobierno. Jerí puede seguir caminando en círculos, pero el país no está obligado a acompañarlo. Porque cuando el gobierno se vuelve un laberinto, la democracia tiene una obligación básica: encontrar la salida antes de que el país se quede sin aire.
