En la política peruana, la verdad no se mide en principios, sino en votos. Y cuando los números no convienen, se fabrican procedimientos para no decidir. El caso de José Jerí es la radiografía perfecta del Congreso: podrían sacarlo con 66 votos, pero prefieren esconderse detrás de un trámite burocrático de 78 firmas para no convocar a un Pleno Extraordinario. La indignación pública es real; la voluntad política, inexistente.
El debate no es jurídico, es moral. Especialistas han recordado que Jerí, aunque haya jurado como presidente por sucesión extraordinaria, sigue siendo congresista y presidente del Congreso, según la interpretación vigente del artículo 115 de la Constitución y la Ley 27385. Eso lo mantiene sujeto al control político parlamentario, incluida la censura. Es decir: sí se puede censurar. Lo demás es retórica de blindaje.
Pero en el Congreso, el reglamento no es una norma: es un escudo. El presidente del Parlamento, Fernando Rospigliosi, insiste en que la salida debe ser por vacancia, no por censura. Traducido al lenguaje político: subir la valla, ganar tiempo, diluir responsabilidades. Cuando la salida es incómoda, se la vuelve impracticable.
Mientras tanto, el país observa el escándalo de las reuniones no agendadas con el empresario Zhihua Yang, un episodio que compromete principios básicos de transparencia. Jerí responde con una lógica circular: no renuncio porque renunciar implicaría aceptar irregularidades. En el Perú, la inocencia se declara quedándose, no explicando.
El conteo político es revelador. Ya hay 43 firmas para las mociones de censura, y el cálculo político indica que podrían llegar a 66 votos en el Pleno. Pero faltan 12 firmas para convocarlo. Doce. No cien. No imposibles. Doce voluntades que el Congreso no quiere exhibir, porque firmar es asumir costo político. Y en el Perú, el costo político se evita incluso cuando el costo democrático es devastador.
El Congreso no está atrapado por la Constitución; está atrapado por su propia conveniencia. Si quisieran, ya habrían convocado el Pleno. Si quisieran, ya habrían votado. Si no lo hacen, es porque prefieren el cálculo al país.
Reflexión final
La democracia no se quiebra solo con golpes de Estado; también se erosiona con procedimientos diseñados para no decidir. Hoy el Parlamento enseña una lección peligrosa: cuando la política se convierte en aritmética sin ética, la ley deja de ser un límite y se convierte en coartada. Y un país gobernado por coartadas no está en crisis: está en decadencia institucional. (Foto: Andina).
