En el Perú, la salud pública no está en emergencia: está en terapia intensiva por culpa del Estado. No colapsó por un virus ni por una guerra, sino por la combinación más letal: incompetencia crónica, indiferencia política y gestión mediocre. Hoy, enfermarse en el Perú es una ruleta rusa burocrática donde el paciente no pelea contra la enfermedad, sino contra el sistema.
El caso del adulto mayor que espera ocho meses una operación de cataratas en el Rebagliati no es una anécdota: es una radiografía del país. El paciente con tumor maligno en el ojo que espera cita en el Sabogal mientras sus exámenes están por vencer no es una excepción: es la norma. En el Perú, los diagnósticos vencen antes que las colas, y las colas vencen antes que la paciencia.
Y para que quede claro: el colapso no es solo “demora”. Es abandono operativo. En los hospitales no hay citas, y cuando las hay, son para meses después. No hay medicinas y el paciente termina comprando afuera lo que el Estado debería garantizar. No hay equipos o están malogrados, arrinconados o sin mantenimiento; el diagnóstico se vuelve lotería. No hay especialistas suficientes, y los que existen trabajan al límite, parchando un sistema que los devora. No hay insumos, no hay camas, no hay capacidad real de respuesta. Hay colas, ventanillas y un “vuelva mañana” que se ha vuelto política pública.
Esto no es mala suerte. Es desgobierno.
Castillo dejó un Estado sin timón. Boluarte convirtió la precariedad en rutina. Y Jerí administra el caos como si fuera herencia inevitable, no responsabilidad propia. Tres gobiernos, un mismo patrón: anuncios sin resultados, planes sin ejecución y autoridades que creen que gestionar es dar conferencias.
La salud colapsa porque nadie gobierna la salud. No hay planificación seria de especialistas, no hay programación quirúrgica transparente, no hay control real de listas de espera, no hay gestión moderna. Hay improvisación, parches y excusas. El ciudadano no es paciente: es expediente. Y si no sale en prensa, no existe.
Lo más mordaz es el cinismo institucional: mientras se discute política en televisión, los hospitales funcionan como fábricas de espera. Mientras se anuncian reformas, los quirófanos están subutilizados. Mientras se prometen inversiones, los pacientes mendigan citas. El Estado peruano se ha convertido en un call center sin respuesta.
Y el mensaje es brutal: si tienes dinero, vas a la clínica; si no, aprendes a esperar o a empeorar. Esa es la política sanitaria real, no la de los discursos. La salud, que debería ser un derecho, funciona como privilegio. Y el privilegio tiene tarifa.
Una salud pública que depende del Rotafono para reaccionar no es sistema: es vergüenza estructural. Cuando la familia debe rogar por una operación, el Estado ya fracasó. Y cuando el hospital no puede garantizar ni lo básico —cita, medicina, equipo, especialista— lo que se cae no es un servicio: se cae la idea misma de Estado.
Reflexión final
La salud en UCI no es metáfora: es diagnóstico político. Cada día de espera es una decisión política no tomada, cada cita postergada es una vida postergada, cada cirugía retrasada es un Estado ausente. Y mientras el poder discute narrativas, los pacientes discuten con la ceguera, el cáncer y el tiempo. En el Perú, el enfermo no muere por la enfermedad: muere esperando que el Estado haga su trabajo. (Foto: Defensoria del Pueblo).
